
Historia 18 La Ruta de la Seda
Un país chico que todos se pelearon.
Sakartvelo, su nombre verdadero. Uno de los primeros países cristianos del mundo y el lugar donde se hace vino desde hace ocho mil años. Entre Turquía e Irak por un lado y Rusia por el otro, en agosto y septiembre de 2025.Del archivo de camino de Rodrigo



La Ruta de la Seda
Un país chico que todos se pelearon.
Sakartvelo, su nombre verdadero. Uno de los primeros países cristianos del mundo y el lugar donde se hace vino desde hace ocho mil años. Entre Turquía e Irak por un lado y Rusia por el otro, en agosto y septiembre de 2025.
- 18Paradas registradas
- 5,033 mMonte Kazbek
- 8,000Años haciendo vino
18.1Campamento a la orilla de un río, que es como fueron casi todas las noches.
18.2Jacko encontrando el agua primero, como siempre.
18.3Flores a la venta en la vereda.
18.4Batumi en el mar Negro, que no se parece en nada al resto del país.Sakartvelo, su nombre verdadero. Uno de los primeros países cristianos del mundo y el lugar donde se hace vino desde hace ocho mil años. Entre Turquía e Irak por un lado y Rusia por el otro, en agosto y septiembre de 2025.
Entre las montañas y todos los que lo quisieron.
Mucha gente no sabe dónde queda Georgia. Algunos incluso creen que es parte de Estados Unidos. Yo mismo, años atrás, apenas tenía idea. En la frontera vi otro nombre que no era Georgia: Sakartvelo, que es el nombre real en georgiano. Lo de Georgia en inglés es una historia larga que tiene que ver con los imperios europeos.
Es un país chico encajado entre montañas, con Rusia arriba y Turquía abajo, y esa posición explica casi toda su historia. Llegué reventado después de Turquía e Irak, y Tiflis fue el primer descanso de verdad en semanas.



Lo que quedó del camino
La mesa es el país.
Georgia es de los primeros países cristianos del mundo y lleva ocho mil años haciendo vino, y sin embargo mucha gente no sabe ni dónde queda. Es un país chico que todos se pelearon, encajado entre imperios, y que sigue ahí con su nombre verdadero, Sakartvelo, que casi nadie usa. Para mí fue el lugar donde el cuerpo se recuperó después de Turquía e Irak, y donde una noche de montaña, con una botella llamada Acapella y una fogata, entendí otra vez por qué viajo así: sin guion, sin público, sin nada más que el camino.Quince siglos, y un puente de vidrio.
Mi primer paseo por la ciudad fue con Lily, una amiga rusa que lleva casi tres años viviendo ahí y que ese día decidió mostrarme su Georgia. Me explicó que este es uno de los orígenes del cristianismo, y también uno de los lugares más antiguos del mundo donde se hace vino. Y tiene razón: Georgia fue de los primeros países en adoptar oficialmente el cristianismo, en el siglo IV, y acá se produce vino desde hace más de ocho mil años. No es un destino más en el mapa, es historia profunda.
Llegamos al Puente de la Paz, una estructura moderna de vidrio y acero que cruza el río Kura. Le pregunté por qué se llama así. Georgia ha tenido muchas guerras y muchos problemas políticos, sobre todo con Rusia, me dijo mirando el río, y este puente simboliza transparencia, conexión, paz. Es completamente de cristal y une la parte antigua con la moderna.
Desde ahí se ve Tiflis mezclando cúpulas ortodoxas, edificios de herencia soviética y arquitectura contemporánea. Europa y Asia en la misma imagen. Y ahí estábamos nosotros: una rusa, un chileno y un Jack Russell cruzando el Puente de la Paz. El viaje no siempre es desierto, calor y controles militares. A veces es brisa suave sobre el río y una ciudad que muchos ni siquiera saben ubicar en el mapa.




Trece euros, y el perro duerme en la bodega.
Tiflis fue donde me quedé más tiempo quieto en todo el viaje. Venía de tres meses prácticamente sin parar, y los únicos descansos reales habían sido dos semanas en Bucarest y esta semana acá, cuando llegué reventado.
Es una ciudad barata para quedarse, y eso importa cuando llevas meses estirando el presupuesto. La moto quieta, el cuerpo recuperándose, y la sensación rara de no tener que armar y desarmar campamento todos los días.
Al principio fueron amables, hasta que vieron a Jacko.
Sin instrumentos. A capela.
La subida había quedado atrás hacía rato pero todavía la sentía en las piernas. La última parte estaba parada y resbalosa, pasto mojado y piedra suelta, de esas que si te confías te mandan al suelo. Cuando cayó la noche del todo, el último naranja del atardecer se disolvió detrás de la cresta y quedó solo un azul profundo y frío.
El vino caía oscuro y espeso en la copa. Todos los vinos que había probado en Georgia no me habían gustado, pero ese sí. Miré la etiqueta a la luz de la linterna: Acapella. A capela, cantar sin instrumentos, a pelo, sin nada. El nombre le quedaba perfecto a la noche. No había música, no había señal, no había ruido de ciudad. Solo viento, pasto y el crujido de la leña.
La montaña siempre tiene un momento así, cuando el día se apaga y uno baja el volumen interno. Ahí salen las preguntas importantes. Me preguntaron cuál había sido mi mejor viaje y me quedé mirando el fuego, porque no es fácil responder eso cuando cada viaje es un pedazo distinto de uno mismo. Al final aparecieron los mismos: los de este formato. Off road, polvo en la cara, camping, vino en la noche, frío en la mañana. Eso es viajar de verdad.



Al norte hasta que el camino choca con Rusia.
Saliendo de Tiflis hacia el norte, la Carretera Militar de Georgia sube hasta el paso de Jvari, a dos mil trescientos setenta y nueve metros, entre montañas nevadas, valles verdes, cascadas y aldeas tradicionales. Había escuchado que era uno de los viajes por carretera más lindos del mundo, y después de años hablando del Cáucaso, ahí estaba, frente a mí.
El último pueblo antes de la frontera es Stepantsminda, al pie del monte Kazbek, de más de cinco mil metros. Me acordé de la frontera entre Chile y Argentina por lo parecido de los pueblos de montaña. Subí en moto hasta el monasterio que se ve allá arriba, por un camino mal asfaltado y lleno de curvas, hasta que el pueblo quedó convertido en miniatura bajo los pies de esos colosos.




Los papeles al día, y la aduana en cinco minutos.
Salir de un país siempre es fácil; lo complicado es entrar al siguiente. La aduana georgiana fue extremadamente expedita: el tipo vio que tenía el seguro de la moto al día y que había pagado mis multas, y listo, podía continuar.
Antes de cruzar cambié cien euros en un puestito al lado del café donde había parado la noche anterior. Setenta en rublos y el resto en lari, para llenar el tanque, que estaba prácticamente en cero. Desde que empezó la guerra las tarjetas no funcionan en Rusia, así que lo que llevas encima es todo lo que vas a tener.
El siguiente país al este era Kazajistán. El motor que en Tiflis estaba medio litro de aceite abajo se murió en el desierto a los ocho días.

El archivo del camino
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