
Historia 01 Los comienzos
Antes de la moto hubo un invierno.
Acá empieza todo, y no hay ninguna moto. Cuatro meses trabajando en la oscuridad en Kirkenes, en el extremo noreste de Noruega, a un paso de la frontera rusa, juntando plata para una moto que todavía no había comprado.Del archivo de camino de Rodrigo


Los comienzos
Antes de la moto hubo un invierno.
Acá empieza todo, y no hay ninguna moto. Cuatro meses trabajando en la oscuridad en Kirkenes, en el extremo noreste de Noruega, a un paso de la frontera rusa, juntando plata para una moto que todavía no había comprado.
- 4 mesesTrabajando por la moto
- −41 °CLo más frío de ese invierno
- 00Motos que tenía entonces
- 15 kmHasta la frontera rusa
01.1Esa clase de noche que allá dura todo el día.
01.2Menos cuarenta y uno fue lo peor.
01.3Dos kilómetros al trabajo, todos los días, tapado hasta la nariz.
01.4El Lenin, en Múrmansk, a unos kilómetros de Noruega.
01.5El gorro que me salvó el invierno.
01.6El cocinero serbio y una centolla del mar de Barents.
01.7El equipo, antes de que abriera el salón.
01.8El segundo trineo, en marzo, con el sol de vuelta.
01.9Adentro del Snowhotel está todo hecho de hielo.
01.0
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01.0Acá empieza todo, y no hay ninguna moto. Cuatro meses trabajando en la oscuridad en Kirkenes, en el extremo noreste de Noruega, a un paso de la frontera rusa, juntando plata para una moto que todavía no había comprado.
Los motociclistas que llegaban cargados y paraban donde querían.
Antes de todo esto trabajaba en hotelería, primero en Croacia y después en Suiza. Siempre había viajado, pero con aeropuertos, fechas y horarios, y nada de eso se sentía libertad.
Lo que lo cambió fue ver llegar motos. Llegaban cargadas, los motociclistas se bajaban donde se les daba la gana, y no parecía haber ningún horario sujetándolos. Esa es la única razón por la que en esta historia hay una moto. Decidí que quería una, y lo único que se interponía era la plata.
El problema es que una idea así no se compra con ganas, se compra con plata, y lo que yo quería era una BMW F 800 GS. Esa, no otra. Así que hice lo único que se me ocurrió: me puse a mandar correos a empresas de turismo por toda Europa. A todas, una por una, sin contactos y sin conocer a nadie, tirando la red a ver qué salía.
Y salió uno. Una cadena de hoteles noruega, Thon Hotels, ofreciéndome trabajo. Acepté sin pensarlo dos veces, y recién después fui a buscar dónde quedaba el pueblo.
Kirkenes. Prácticamente el Polo Norte. Lo más al norte de Europa que hay, en una trifrontera entre Noruega, Finlandia y Rusia. Ya no me quedaba otra. Y encima tenía un reloj corriendo: en abril me iba a California a estudiar tres meses, así que tenía cinco meses para juntar la plata y llegar allá con la moto comprada.
Acepté sin pensarlo dos veces, y recién después fui a buscar dónde quedaba el pueblo.

Lo que dejó el camino
Empezó antes que la moto.
Todos los viajes de este sitio vienen de cuatro meses de trabajo en un lugar donde el sol no salía. No había moto, ni ruta, ni perro todavía. Había una decisión, un invierno pagándola, y un tipo en una buhardilla mirando avisos de motos a la una de la mañana.29 de noviembre de 2014.
Volé con un par de escalas de esas que uno hace medio dormido. La primera foto la saqué a la una y media de la mañana desde la ventanilla: un manto de nubes hasta el horizonte y una franja rosada aplastada encima, la única luz que quedaba en el mundo a esa hora.
Tres horas después, bajando, saqué la otra: el ala del avión sobre la costa ártica, blanca de punta a punta, con los fiordos congelados metiéndose entre lenguas de roca negra. Ahí entendí dónde me había metido.
El avión aterrizó en una pista de nieve pisada y bajamos caminando por el hielo hasta la terminal. Kirkenes es un pueblo chico: casas de madera roja y blanca, una calle principal, un puerto y alrededor la nada.
Lo primero que fotografié en tierra fue un remolcador rojo y blanco amarrado al muelle helado, con la bandera noruega tiesa de frío y el fiordo gris detrás. Eran las once de la mañana y esa era toda la luz que iba a haber.



Ahí el sol no sale.
Llegué con la noche polar ya empezada y me quedaría hasta que terminara. Meses en que el sol simplemente no aparece por el horizonte. Al mediodía el cielo se pone de un azul profundo, casi eléctrico, durante un par de horas, y después vuelve a cerrarse. El 21 de diciembre, el día más corto del año, es el fondo de todo eso.
Y hacía frío de verdad. Tengo la foto del termómetro de la pared, con la escala marcada 20, 10, 0, 10, 20, 30 y la columna hundida bien abajo del cero. Llegué a ver menos cuarenta y un grados.
A esa temperatura las cosas dejan de comportarse como uno espera. Los abedules amanecen completamente blancos de escarcha, como si fueran de sal, y bajo un farol parecen encendidos por dentro. Los autos desaparecen: hay uno del hotel, rojo, del que solo se adivina la puerta con el logo.
De la casa al trabajo había dos kilómetros. Los hacía caminando todos los días, y esa caminata es lo que más se me quedó grabado. Siempre lo mismo: el pueblo visto desde el cerro en un azul que no existe en ninguna otra parte, las luces amarillas repartidas abajo, la nieve apretada del camino. Salía tapado hasta las narices, con el gorro calado y el cuello de polar sobre la boca. Hay una foto de esos días donde lo único que se me ve son los ojos.
Iba con música puesta, las manos en los bolsillos, hecho tira de frío. Y arriba, muchas noches, se abrían las auroras boreales.
De todas esas noches me quedó una sola foto que sirva. Con el teléfono de 2014 apuntabas al cielo y salía negro, así que hay decenas de intentos fallidos y una que sí salió: una mancha verde, movida, granulosa, con dos o tres estrellas atrás. Técnicamente es mala. Pero es de esa noche, la saqué yo, y es lo único que tengo de lo que estaba viendo. El resto queda en la cabeza: un tipo de veintitantos años caminando solo por la nieve a menos treinta, con audífonos, y el cielo entero moviéndose encima suyo.
Hay una foto de esos días donde lo único que se me ve son los ojos.
Kirkenes queda en Finnmark, unos trescientos cincuenta kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, sobre el mar de Barents. Los letreros de las calles están en noruego y en ruso. Fue bombardeada casi entera en la Segunda Guerra y reconstruida después, y es el final de la ruta costera Hurtigruten: el punto donde el barco da la vuelta.






Múrmansk, y la promesa que hice ahí.
A mediados de diciembre crucé a Rusia por primera vez en mi vida. La frontera estaba ahí mismo, a un rato del pueblo, y uno vive sabiendo que Rusia empieza a la vuelta de la esquina hasta que eso se vuelve insoportable. Además tenía el pasaporte a favor: los chilenos no necesitamos visa para entrar. Crucé por Storskog y me fui a Múrmansk unos días.
Me quedé por Couchsurfing. Me hospedó una chica que después se tomó el trabajo de mostrarme la ciudad entera y los alrededores, con un frío que no daba tregua.
Y lo primero que me golpeó no fue el frío: fue la pobreza. Yo venía de Noruega, que es el otro extremo del planeta en ese sentido, y cruzar unos kilómetros y encontrarme con eso me dejó callado. Es una región enorme y muy lejos de Moscú, y se nota en todo. Los buses son antiguos, de otra época, y siguen andando porque tienen que seguir andando. La gente andaba con ropa hecha por ellos mismos. Los edificios son bloques soviéticos de cinco pisos alineados uno detrás de otro, con las ventanas encendidas de amarillo y naranjo, y los autos enterrados en nieve sucia.
Fuimos a ver los buques al puerto. El grande, el que está atracado ahí como museo, es el rompehielos nuclear Lenin: un casco negro enorme con la superestructura blanca y el nombre en cirílico pintado en la proa. Y subimos al Aliosha, el monumento a los defensores del Ártico, con su llama eterna ardiendo dentro de una estrella de bronce.
Le prometí a la persona que me alojó que algún día iba a volver en moto. En ese momento no tenía ninguna. Esa promesa sigue abierta.
Y me traje lo único que valía la pena traerse de ahí: una ushanka. Un gorro de piel gigante, peludo, absurdo, que a partir de ese día aparece en prácticamente todas mis fotos de Kirkenes. Ese gorro me salvó el invierno.
Ese gorro me salvó el invierno.





Una casa gigante, un cocinero serbio y un solo amigo.
Ninguno de nosotros vivía en su casa. Nos alojaban a todos juntos en una casa gigante de empleados, y ahí adentro estaba el mundo entero. El cocinero, el mismo que sale en las fotos levantando la centolla abierta de par en par, era serbio. Había rusos, italianos y lituanos. Los italianos eran dos, los dos morenos y de pelo negro; uno se llamaba Paolo y del otro no me acuerdo el nombre, y eso ya dice bastante.
Yo dormía arriba del todo, en lo que sería un cuarto piso, en una especie de buhardilla. Techo inclinado, poco espacio y una ventana. En invierno esa pieza era lo mejor que me podía pasar: subía, cerraba la puerta y se acababa el hotel.
El trabajo empezó abajo del todo: cocina, lavar platos, hacer aseo. Después me empezaron a poner en la barra a servir tragos, y al final en el restaurante. Camisa blanca, chaleco negro, corbata a rayas rojas y la placa con el nombre. Hay una foto donde estamos los seis formados en la puerta del salón con las cartas en la mano, esperando que abran. Todos jóvenes, todos de otro lado.
Con los rusos me llevaba muy bien. Con los noruegos no. Y con mi jefe fue peor: un tipo de mal genio, de los que llegan cargados y descargan en el primero que pillan. Tuve muchos problemas con él, y en un pueblo así eso pesa distinto, porque no hay a dónde irse. No podía cambiarme de trabajo, no podía cambiarme de ciudad, y no había sol para despejarse. Salías del turno y afuera estaba oscuro y a menos treinta. Aguanté, y no por buena onda: aguanté porque cada turno era un pedazo de moto, y esa cuenta yo la tenía clarísima.
Y estaba Ruslan. Ruslan era lituano y fue mi único amigo ahí. Uno solo, en cuatro meses. En un lugar donde no sale el sol, donde el idioma no es tuyo y donde el trabajo es de noche, tener a una persona con la que sentarte a hablar en serio no es poca cosa: es la diferencia entre pasar el invierno y aguantarlo.
Kirkenes está en el mar de Barents y ahí el king crab, que nosotros llamamos centolla, es una institución. Hay una foto de un cocinero levantando un bicho que mide el ancho entero de la caja, patas incluidas, y otra de una bandeja de acero con las patas ya cocidas, rojas, sobre lechuga con limón, mayonesa y salsa rosada. Ese era el plato que servía.
Lo que comía yo era otra cosa. Sin sol, sin deporte, trabajando de noche y comiendo porquerías, subí como diez kilos. No es una exageración: se me nota en las fotos. Llegué flaco en noviembre y en marzo era otro. También me dejé la barba y el pelo largo, que a esa temperatura no es un estilo, es aislación.
Aguanté porque cada turno era un pedazo de moto, y esa cuenta yo la tenía clarísima.






Cada turno era un pedazo de moto.
La plata iba entrando. Hay una foto de un billete de quinientas coronas, uno de doscientas y uno de cincuenta tirados encima de un mapa de Kirkenes. Esa foto es todo el proyecto en una imagen.
Y todas las noches, arriba en la buhardilla, hacía lo mismo. Leía y me metía a internet a buscar mi moto. Marketplace, avisos clasificados, foros. Horas mirando motos en venta en California, calculando cuánto llevaba juntado y cuánto me faltaba, comparando kilometrajes y precios de motos que estaban a quince mil kilómetros y a cuatro meses de distancia.
Tengo la captura de pantalla guardada. Es craigslist de San Diego, la sección de motos por dueños, y arriba dice: BMW F800GS, ocho mil dólares, Imperial Beach. Abajo la foto de la moto, amarilla y negra, con las maletas laterales puestas, estacionada contra un muro de madera. La saqué a la una de la mañana, con el teléfono en siete por ciento de batería y sin señal.
Esa era mi vida nocturna en el círculo polar ártico: una buhardilla, un teléfono sin señal y una moto amarilla del otro lado del planeta.
Cuando lo contaba en el trabajo, nadie me creía. Que me iba a comprar una moto y a dar la vuelta al mundo. Mis colegas se reían.

Trineos, un hotel de hielo y centollas debajo del mar congelado.
El pueblo se toma la Navidad en serio, y en la oscuridad total tiene todo el sentido del mundo. Cada ventana tiene una estrella de luz colgada, y el 20 de diciembre, a las doce y cuarto del día, con el cielo azul oscuro, la calle principal estaba llena de gente parada alrededor de una fogata abierta en plena vereda: mesas con mantel rojo, faroles de vela y pieles de reno encima de las sillas.
En enero fui a un campamento de huskies y me subí a un trineo. Fue de esas experiencias que uno hace una vez en la vida. Y fue a oscuras, por supuesto, como todo ahí. En el video no se ve casi nada: los perros tirando en fila adelante, apenas dibujados, el suelo pasando debajo, y todo de ese azul de mediodía polar que no es de día ni de noche. Lo que se escucha es lo que no queda en el video: los perros respirando y los patines del trineo sobre la nieve dura.
El 7 de marzo hice lo más raro de todo el invierno: salí a tirar nasas y a sacar centollas. Salimos al hielo con buzo azul de flotación y pasamontañas, a un lugar al sur de Kirkenes donde el fiordo estaba congelado entero. Cortaron un hoyo rectangular en el hielo, negro contra todo lo blanco, plantaron un trípode encima y empezaron a subir la nasa a pulso.
Y salieron los cangrejos. Sostener uno vivo con las dos manos, con las patas abiertas más anchas que tus hombros, en medio de un fiordo blanco sin horizonte y con el cielo del mismo color que el suelo, es una cosa que no se parece a nada.
Después nos metimos a una cabaña de madera con velas y ahí mismo las cocinaron y las sirvieron en bandejas de acero, rojas, humeando, recién sacadas del agua. Un manjar exquisito. No hay otra forma de decirlo. Ese día comí mejor que en cuatro meses.





Se derrite todos los años, y todos los años lo vuelven a construir.
Uno entra por un túnel de nieve iluminado de azul, y adentro está todo tallado en hielo. Un mamut enorme con los colmillos. Un árbol de Navidad labrado en la pared. Camas hechas de bloques con pieles de reno tiradas encima, y un bar donde hasta los vasos son de hielo.
El Snowhotel lo levantó un tipo de Kirkenes, Kåre Tannvik, el año 2006. Empezó con ocho piezas, un bar de hielo y renos afuera. Y lo que lo hace digno de contar es que no es un edificio: es un edificio que se derrite. Todos los noviembres van al lago de al lado, cortan más de quince toneladas de hielo y lo vuelven a construir entero desde cero, con esculturas distintas cada vez. Lo que uno está mirando nunca existió antes y no va a volver a existir.
Adentro las piezas se mantienen a cuatro bajo cero, todo el tiempo. A la gente que duerme ahí le dan un saco térmico y pieles de reno encima, y con eso basta. Hace más calor adentro que afuera, que es la parte que nadie cree hasta que entra.
Fui en enero, en plena oscuridad, y otra vez en marzo cuando ya había vuelto el sol. Fue de las pocas cosas de esos meses que no tenían nada que ver con un turno.
No es un edificio: es un edificio que se derrite.
El Snowhotel de Kirkenes abrió en 2006 y se reconstruye entero cada noviembre con hielo cortado del lago que tiene al lado. Es el único hotel de nieve y hielo del mundo abierto todo el año.






El mismo muelle, tres meses después.
El 25 de diciembre a las ocho de la mañana saqué una foto que no supe leer hasta mucho después. Es el pueblo desde el cerro, todo azul, y sobre el horizonte hay una franja naranja delgada. Era el sol. Todavía no salía, pero ya estaba ahí abajo, avisando.
El 15 de febrero el cielo sobre el pueblo estaba rosado y lila. Eso, después de tres meses, es un acontecimiento.
Y el 5 de marzo hay una foto mía mirando directo a la cámara con el sol pegándome en la cara y un destello atravesando el lente. Estoy entrecerrando los ojos. No me acordaba de eso.
Ese mismo día fotografié otra vez el remolcador del muelle: el mismo barco, el mismo muelle, la misma nieve, pero ahora con cielo rosado y luz de verdad.
Al día siguiente de las centollas volví a los huskies, y fue la segunda vez, pero completamente distinta a la primera: ahora había sol. Cielo azul, sombras largas en la nieve, los perros tirando entre abedules. Hay una foto de grupo de ese día, como doce personas de buzo azul entre los perros, todos entrecerrando los ojos porque no estábamos acostumbrados a la luz. En enero la misma salida había sido a oscuras. En marzo, a pleno día.
Ese contraste es todo el invierno resumido en dos paseos.




Me fui con lo que vine a buscar.
El 20 de marzo me agarró una ventisca yendo al trabajo. Hay tres fotos seguidas de eso y en las tres tengo el gorro de piel y la barba completamente blancos, y detrás no se ve absolutamente nada. Ese fue el último golpe del invierno.
El 22 nos sacamos la foto de despedida en la cocina, yo de chaleco y corbata abrazado a cinco cocineros de blanco, todos riéndonos.
El 24 de marzo caminé por la pista nevada del aeropuerto hacia un 737 rojo de Norwegian. Media hora después saqué la última foto del norte desde la ventanilla: el fiordo, el pueblo, la nieve, todo haciéndose chico.
Y al otro día, en Oslo, saqué una foto que puesta al lado de las anteriores no parece del mismo viaje: un cabrito blanco, con las orejas paradas y su propia barbita, echado en el pasto. Pasto verde.
Fue duro. No tener sol te cambia algo por dentro que uno no sabe explicar bien. No hice nada de deporte, comí pésimo, subí diez kilos y trabajé meses en un puesto que no era el que quería. Pero junté casi toda la plata que necesitaba.



California, una BMW F800 GS, y ni idea de lo que hacía.
Unos meses después me fui a California a estudiar, y compré la BMW F800 GS en la que sigo andando hoy. Y salí a recorrer California, Nevada, Utah y Arizona para aprender a manejarla.
No sabía nada. Andaba con zapatillas Nike, sin equipamiento decente, con una carpa mala y demasiado peso encima, y aprendí cayéndome. Todo eso está contado en la historia siguiente. Lo que importa acá es que la plata para eso salió de un invierno ártico.

Siete años después entré con la moto a la recepción.
En septiembre de 2022, en el tercer Eurotrip, el camino al norte volvió a pasar por Kirkenes, y esta vez llegué en moto.
Volví por mi cuenta, desde el otro lado de Europa, con más de cincuenta países y dos continentes recorridos y con mi perro adelante. Entré a la recepción del Thon Hotel Kirkenes con la moto. Así, cargada, con las maletas puestas y el casco todavía en la cabeza, debajo del mismo letrero rojo que había visto todos los días durante cuatro meses en el peor invierno de mi vida.
Los que quedaban del equipo no lo podían creer. Porque cuando yo trabajaba ahí y decía que me iba a comprar una moto y a dar la vuelta al mundo, mis colegas se reían. Nadie me creía. Era el chileno que lavaba platos y hablaba de motos.
Siete años después volví y ahí se los demostré. Mi palabra valía oro.
Múrmansk quedaba a dos horas y no fui. El plan había sido seguir y cumplir la promesa, pero Lucas me esperaba del lado finlandés y mi hermano Tomás en Rovaniemi, así que doblé al oeste. Esa sigue debiéndose.
Siete años después volví y ahí se los demostré. Mi palabra valía oro.




El archivo del camino
45 imágenes más del camino
Todo lo demás de la carpeta, en el orden en que se tomó.
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