
Historia 06 La Ruta de la Seda
Todos te dicen que no vayas. Y después vas.
Seis días por el norte de Irak en agosto de 2025. Cuarenta grados era el mínimo, manejando subía a cuarenta y cinco. Los escombros de Mosul, una ciudadela habitada hace ocho mil años, y desconocidos pagándome la entrada al país.Del archivo de camino de Rodrigo


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La Ruta de la Seda
Todos te dicen que no vayas. Y después vas.
Seis días por el norte de Irak en agosto de 2025. Cuarenta grados era el mínimo, manejando subía a cuarenta y cinco. Los escombros de Mosul, una ciudadela habitada hace ocho mil años, y desconocidos pagándome la entrada al país.
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- 2025El año
Seis días por el norte de Irak en agosto de 2025. Cuarenta grados era el mínimo, manejando subía a cuarenta y cinco. Los escombros de Mosul, una ciudadela habitada hace ocho mil años, y desconocidos pagándome la entrada al país.
El país del que todos te advierten.
Salir de Turquía fue fácil. Crucé los dedos por el tema de los papeles de la moto, siempre pensé que podrían objetar algo, pero ni una pregunta incómoda.
Entrar a Irak fue una cachetada física de calor. Apenas crucé, el aire parecía quemar. Y con mucha razón: a quién se le ocurría meterse en moto en pleno agosto a este desierto asiático. Jacko quedó desesperado, buscando agua, sombra, cualquier rincón donde bajar la temperatura. Yo también, pero más asustado por él que por mí.
La visa se hace ahí mismo: setenta y cinco euros. Pensé que me estaban viendo la cara, pero era el precio oficial. Cuando ya parecía que estaba todo listo apareció un último cobro de treinta y cinco dólares. Ahí sí me tensé. No tenía efectivo, la tarjeta del Santander no funcionaba, no tengo tarjeta física de Revolut. Estaba literalmente bloqueado.
Y como tantas veces en el viaje, apareció alguien inesperado. Un hombre con patente suiza, cara completamente iraquí, manejando un Audi o quizás un Range Rover negro. Me vio la cara de preocupación. Sacó cien dólares que tenía su copiloto, los fueron a cambiar, y pagaron los treinta y cinco por mí sin pedirme nada a cambio. Así, simplemente. Ese gesto me abrió la puerta de Irak de verdad.





Lo que quedó del camino
Un país no son sus titulares.
Si tuviera que resumir los contras serían tres: el calor brutal, el idioma y un sistema bancario prácticamente inexistente para tarjetas internacionales. Lo del calor fue lo más duro. Seis días intensos, muy intensos. Irak había empezado con incertidumbre y calor brutal, y lo estaba dejando con conversaciones profundas y una lección silenciosa sobre resiliencia. No fue un país fácil, tampoco fue el país que muchos imaginan desde lejos. Fue duro, caluroso, a veces caótico, pero también generoso. Y en este viaje eso es lo que más pesa: no coleccionar lugares fáciles, sino atravesar experiencias completas.Una ciudad todavía parada sobre sus propios escombros.
Puse el despertador a las cuatro y media y a las cinco ya estaba arriba de la moto. Nunca en todo el viaje había salido tan temprano, y fue perfecto. Acá el gap existe solo entre las cinco y las diez de la mañana: hay luz suficiente para avanzar y el calor todavía no es infernal. Después, el sol aplasta.
Pasé varios controles hasta el más importante, el que separa el Kurdistán del territorio federal. Uno tras otro veía cómo dejaban pasar a todos menos a mí, el bicho raro. Después entendí que era más curiosidad que sospecha: lo único que querían era pasar unos segundos con alguien que viniera de otro mundo. Un sello seco, una mirada larga, y adelante.
De a poco empezaron a aparecer las calles destruidas. Aunque estamos en 2025, muchas zonas siguen siendo montañas de concreto colapsado, edificios abiertos como si una mano gigante los hubiera partido por la mitad. Entre las ruinas caminaban muchachos jóvenes, como si ya se hubieran acostumbrado al paisaje. Vi mujeres extremadamente delgadas avanzando con sus hijos bajo un sol despiadado. No era una postal romántica del Medio Oriente, era crudeza pura.
Y esta no es cualquier ciudad. Mosul está junto a las ruinas de Nínive, y en esta franja de tierra nació Mesopotamia. Acá todo se mide en miles de años. Y sin embargo, hace menos de una década, hombres con explosivos redujeron barrios enteros a escombros. El museo estaba cerrado: ahí pulverizaron esculturas asirias de más de tres mil años frente a cámaras, como propaganda.
A las diez el termómetro marcaba cuarenta y dos grados y respirar se sentía como inhalar desde un horno abierto. En una rotonda apareció algo completamente fuera de lugar: un hotel de lujo rodeado de murallas y militares con metralletas en cada esquina. Cuando el guardia vio que viajaba en moto con un perro, cambió el gesto y me dejaron entrar. Adentro era mármol, aire acondicionado helado y diplomáticos. Yo empolvado entero, con las botas sucias, tomando un capuchino de seis euros que costaba más que mi comida completa del día.
Bagdad estaba a cuatro horas al sur, y Hatra en el desierto, y más allá Babilonia y Ur. Quería todo eso. Pero el mapa no muestra el calor. Yo probablemente habría aceptado el desafío solo por orgullo, pero ya no viajo solo: Jacko sufría más que yo y dependía completamente de mis decisiones. Miré el mapa, después el termómetro, después lo miré a él. La decisión correcta no siempre es la más épica. Giré hacia el norte.
Apenas dejé atrás Mosul vi que estaba en reserva. Paré frente a unos hombres al borde del camino haciendo señas desesperadas hasta que uno entendió y me apuntó adelante. Lo que encontré fue un punto en medio de la nada: suelo de tierra y una bomba manual oxidada, con un hombre vestido completamente de blanco subiendo y bajando una palanca para bombear gasolina como si estuviéramos en 1920. Era de ochenta y nueve octanos. El motor se quejó el resto del camino. En Irak, hasta cargar bencina se siente como una escena de otra época.




Ocho mil años sobre el mismo cerro.
La Ciudadela de Erbil es uno de los asentamientos habitados de forma continua más antiguos del mundo. El cerro sobre el que está no es natural: se formó por capas y capas de ocupación. Se cree que el lugar está habitado desde al menos el 6000 antes de Cristo. Desde abajo se ve imponente, casi como una fortaleza inexpugnable.
Después fui hasta el Syriac Heritage Museum con la intención de conocer algo de la historia cristiana de esta tierra que ha visto pasar imperios enteros. Estaba cerrado. La puerta metálica baja, el patio silencioso, y solo el cartel anunciando horarios que claramente no se estaban cumpliendo.



El edificio que decidieron no reparar.
Amna Suraka significa Seguridad Roja. Así se llamaba cuando era el cuartel de inteligencia de Saddam Hussein en esta región. No es una ruina antigua ni una reliquia arqueológica: es memoria reciente. En la entrada me dijeron que no podía pasar con perro. Le expliqué al guardia como pude, uniforme camuflado y fusil apoyado al costado, que solo quería entrar un momento. Me miró a mí, después a Jacko, y asintió. Mi perro quedó custodiado por un hombre armado mientras yo entraba. Irak tiene esa capacidad de mezclar lo surrealista con lo cotidiano.
En el patio hay tanques perforados y vehículos atravesados por disparos, oxidados y crudos, como quedaron tras el levantamiento kurdo de 1991. Adentro el aire pesa distinto: celdas pequeñas, pasillos estrechos, y en las paredes todavía se leen nombres grabados por prisioneros, fechas, despedidas improvisadas. Historias que no tienen miles de años como Nínive. Tienen apenas décadas.
Entre esos pasillos aparecen los peshmerga, que significa los que enfrentan la muerte. Se los representa con ropa sencilla, casi harapos, turbantes y fusiles al hombro. No son soldados de desfile, son hombres de montaña. En un país donde los imperios han ido y venido durante milenios, ellos representan algo más íntimo: la decisión de existir. Donde hubo opresión, hoy se honra resistencia.


Y después el camino dobla al norte y sube.
Al noreste el paisaje se abre en capas de roca rojiza expuesta, colinas onduladas sin vegetación, kilómetros donde no se ve nada más que carretera y horizonte. Hasta que apareció el lago Dukan. Desde lejos parecía un espejismo, una mancha azul intensa en medio del marrón dominante. El agua turquesa contrastaba violentamente con las montañas áridas que lo rodean.
Más al norte el camino se mete en las gargantas de Rawandiz, con la roca subiendo por los dos lados, y sube hasta Amedi, un pueblo encima de una meseta plana con un solo camino de entrada.



El recibimiento es la historia entera.
Salir a la calle temprano era especial. Todos me saludan, siempre la misma escena: miradas curiosas, sonrisas amplias, el dedo apuntando al perro. Pero nunca invasivos. Nadie toca la moto, nadie hurga en las maletas. La dejé cargada afuera del hotel toda la noche y ahí estaba, intacta. Te observan como si fueras una película ambulante, pero no cruzan la línea.
A una hora de haber entrado al país conocí a Maleu, que trabajaba en una bencinera. Me dijo que sacara lo que quisiera, y nos sentamos en el suelo a conversar mientras esperábamos que bajara el calor. Esa tarde me metí con la moto hasta un puente otomano de piedra, en forma de U, muy parecido al de Mostar. Un grupo de jóvenes vino a decirme que no se podía estacionar ahí y terminamos haciéndonos amigos: me quedé toda la tarde, dormí una siesta en una banca mirando el puente, y de noche me invitaron pollo mientras yo repartía tabaco del duty free turco.
El hotel costó dieciséis dólares. Llegué de noche atravesando un barrio que se veía duro y me dio un poco de susto, pero desconfiado como soy insistí en guardar la moto adentro. Abrieron la tienda de aire acondicionado de al lado, llena de equipos con ruedas, y movimos todo para meterla.
El último día, esperando al hombre que cambiaba dinero, me fui a tomar un té con mi amigo del hotel. Me habló de las campañas de Saddam contra los kurdos, y de cuando su familia tuvo que escapar a las montañas. En esa huida murió una de sus hermanas, que tenía solo meses de vida. No entró en detalles, pero no hacía falta. Fue fuerte escucharlo así, sin dramatismo, como algo que forma parte de su memoria cotidiana.




El archivo del camino
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