
Historia 09 La Ruta de la Seda
La mayoría cruza esta parte de Rusia en dos días. Yo me demoré cinco.
Del paso de Jvari al delta del Volga, por Grozni, Majachkalá y un cañón al que llegué de noche. Ochenta euros para todo el tramo, sin tarjetas que funcionaran, en septiembre de 2025.Del archivo de camino de Rodrigo


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La Ruta de la Seda
La mayoría cruza esta parte de Rusia en dos días. Yo me demoré cinco.
Del paso de Jvari al delta del Volga, por Grozni, Majachkalá y un cañón al que llegué de noche. Ochenta euros para todo el tramo, sin tarjetas que funcionaran, en septiembre de 2025.
- 5 daysCruzando Rusia
- 80 eurosEl efectivo que llevaba
- 30+Grupos étnicos en Daguestán
09.1La mezquita Corazón de Chechenia en Grozni, una de las más grandes de Europa. La ciudad fue arrasada en las guerras de los noventa y reconstruida desde cero.
09.2El cañón corre más de cincuenta kilómetros entre las montañas.
09.3El embalse en el fondo. Llegué de noche y no vi nada de esto hasta la mañana.
09.4En la calle afuera del festival cultural anual de Majachkalá, con el que me topé por casualidad una hora después de que la policía me echara de una plaza.
09.5Bordados y trabajo de mostacillas en la mesa de al lado, con patrones que cambian de un valle al siguiente.
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09.0Del paso de Jvari al delta del Volga, por Grozni, Majachkalá y un cañón al que llegué de noche. Ochenta euros para todo el tramo, sin tarjetas que funcionaran, en septiembre de 2025.
Café a 2.379 metros, y un pan demasiado grande para las maletas.
Salí de Tiflis a las cinco y media de la tarde, con una hora de luz y sin mis focos Denali, que el taller me había dejado muertos esa misma mañana. Alcancé a hacer noventa kilómetros. Pasando Pasanauri, ya de noche, paré en un puestito frente a un restaurante grande y pedí un café caliente y unos khinkali con las monedas que me quedaban. Con lo último de internet entré a iOverlander a buscar dónde dormir.
Bajé por un camino de tierra hasta un valle con un río serpenteante y unas murallas de piedra a gran altura. Armé la carpa al lado del agua. En la mañana el sol de otoño alcanzó a rozarla, unas vacas nos miraban comiendo a un metro, y el Jacko salió a corretearlas.
La Carretera Militar de Georgia se llama así porque el Imperio Ruso la amplió en el siglo XIX para mover tropas después de anexar Georgia. Había escuchado que era uno de los viajes por carretera más lindos del mundo, comparable al Stelvio o al Transfăgărășan, pero con una energía más salvaje y remota. Después de años hablando del Cáucaso, ahí estaba, frente a mí.
En el paso de Jvari, a dos mil trescientos setenta y nueve metros, paré al lado del cartel que lo señalaba. Una pareja de granjeros que estaba ahí me invitó café turco apenas me vio, hirviéndolo en una ollita. Lo poco que pudimos comunicarnos alcanzó para que me dijeran que eran de Daguestán. Antes de irme la señora me regaló un pan enorme. Lo guardé con dificultad, lo doblé, y le agradecí.
Más arriba llegué a Stepantsminda, al pie del monte Kazbek, y me acordé de la frontera entre Chile y Argentina por lo parecido de los pueblos de montaña. Subí por un camino mal asfaltado y lleno de curvas hasta un monasterio en altura, con el pueblo abajo convertido en miniatura bajo los pies de esos colosos. Ahí me acordé del pan recién hecho de la señora de Daguestán y me bajé unos cuantos bocados mirando el Cáucaso.
Doblé el pan por la mitad para que entrara, y me lo comí esa tarde mirando la montaña.






Lo que quedó del camino
El desvío es el viaje.
La mayoría de los viajeros cruza esta parte de Rusia en dos días, y algunos locos en uno. Yo me demoré cinco, me devolví doscientos kilómetros para conocer Grozni, y me desvié al sur para ver Daguestán. No me arrepiento de ninguno de los dos desvíos: eran justo los lugares por los que viajo en moto, exóticos y sin turistas, y no iba a tener otra oportunidad. Entré con ochenta euros y salí con cinco rublos, pero en el camino un granjero me regaló un pan, un cafetero me regaló tres cafés y una desconocida me pagó el almuerzo. Acá la cuenta nunca cuadra en dinero.Ochenta euros para toda Rusia.
Desde que empezó la guerra, Visa y Mastercard dejaron de operar en Rusia. Eso significa que entras con el efectivo que llevas y no hay segunda oportunidad. Ya lo había vivido en carne propia tres años antes en San Petersburgo y Karelia, donde terminé sin un peso y la propia policía de frontera rusa tuvo que ayudarme a cargar el estanque y el estómago.
Antes de cruzar me acordé de que llevaba ciento cincuenta euros en efectivo, la plata de emergencia que me pasó mi hermano hace años, y que tenía que estirar hasta encontrarme con Mario. Así que antes de cruzar cambié cien euros: setenta en rublos y el resto en lari para llenar el tanque, que estaba prácticamente en cero. Gasté veinte en bencina en Georgia, así que me quedaron ochenta para Rusia. Pensé que iba a estar dos días. Terminaron siendo cinco. Cada llenada costaba unos mil rublos, y con lo que tenía me alcanzaba justo para tres tanques y algo de comida.
Lo bueno es que Rusia me impresionó por lo barato. La bencina costaba la mitad que en Europa, y más barata todavía que en Georgia. Donde allá son veinte euros, acá son diez.
Del lado ruso el papeleo estaba en inglés por primera vez. Eran tres documentos, dos de ellos copias idénticas porque no tenían fotocopiadora, y si te equivocabas había que rellenar los dos de nuevo. Noventa minutos y un timbre. El pasaporte chileno no necesita visa para Rusia: la mujer revisó su lista, encontró Chile y me dijo welcome to Russia.
Todavía me faltaban trámites cuando salió de las casetas otro motoquero con su carpeta lista. Era chino, llevaba tres horas ahí y ya estaba listo para partir. Iba de vuelta a su país, muy apurado. Salió una hora antes que yo, así que intercambiamos Instagram y quedamos en ponernos de acuerdo por internet, ya en la carretera, para acampar juntos.
Salí sin mapas. Google Maps no funciona en Rusia y en Vladikavkaz el punto azul nunca apareció, así que terminé preguntándole a la gente en la calle y a la policía. Un par de samaritanos me sacaron de vuelta a la carretera. Más al norte las banderas cambiaron a blanco, rojo y amarillo, que nunca había visto: Osetia. Y cartel tras cartel llamando a enrolarse en el ejército.
Ya de noche paré en una bencinera y se sentaron dos cabros en mi mesa, los dos con barba y sin bigote. Les pregunté si eran de Daguestán. No, me dijeron: Chechenia. Así supe dónde estaba.
Esa noche no entré a Grozni: pasé de largo el desvío, a oscuras, y seguí hacia el este.
Iba medio perdido buscando el lugar para acampar y de repente apareció una mezquita impresionante, gigantesca, con las cúpulas y los minaretes como sacados de Aladino, iluminada entera de verde. No podía creer lo que estaba viendo. Andaba con el teléfono sin una pizca de batería, ni para sacar una foto ni para guiarme.
Era el Orgullo de los Musulmanes, en Shali. La abrieron en 2019, dedicada al profeta Mahoma, forrada en mármol blanco de la isla griega de Tasos: una cúpula de cuarenta y tres metros, minaretes de sesenta y tres, treinta mil personas adentro y setenta mil más en la explanada. Es la mezquita más grande de Europa, cosa que vine a saber después.
Más adelante encontré una bencinera, puse el teléfono a cargar y me conecté a su wifi. Ahí el chino me pasó el punto exacto: un campo pasado Grozni, cerca de Gudermés.
Llegué a las nueve y media. La carpa amarilla ya estaba armada y él tenía un fueguito prendido al lado, hecho con mucho esmero. Sacó un pote grande de maní, me ofreció cerveza de una botella plástica grande, y nos quedamos conversando un rato mientras él degustaba su comida china picante, que yo decliné con amabilidad. Llevaba tres meses viajando, había llegado hasta Estambul y desde ahí se había devuelto, y tenía cuatro días para llegar a un matrimonio en China.







Chechenia, reconstruida de cero en vidrio y oro.
En la mañana desarmé el campamento y seguí hacia el este hasta una bencinera que estaba justo en la bifurcación: un camino al norte, otro al oeste, que era por donde venía, y otro al este, que era Daguestán. Ahí había internet. Me quedé como media hora dándole vueltas y salí decidido: seguía a Daguestán, sin volver a Grozni.
Ya había dejado atrás Grozni y me moría de ganas de conocerla, pero para eso tenía que devolverme una hora en dirección contraria. Doscientos kilómetros en vano, como si no me bastara con el trayecto que me esperaba. Avancé cinco kilómetros hacia el este, me di media vuelta, y volví al mismo café ante el asombro del hombre de barba que me atendía.
La mayoría de los viajeros que van desde Georgia hacia Kazajistán y la Ruta de la Seda cruzan Rusia en dos días, y hay algunos locos que lo hacen en uno. Yo no estaba dispuesto a desaprovechar conocer esa cultura que quizás nunca más tendría la oportunidad de ver. Eran justo los lugares por los que viajo en moto: exóticos y sin turistas.
Avancé cinco kilómetros hacia el este y di media vuelta. Volví a la misma bencinera por segunda vez esa mañana, ante el asombro del hombre del mesón, y ahí sí quedó decidido: Grozni.
Cuando cayó la Unión Soviética declararon la independencia. Rusia entró con el ejército el 11 de diciembre de 1994 y tomó Grozni arrasándola en marzo de 1995. Esa es la respuesta a por qué la ciudad está hecha de nuevo. Hubo una segunda guerra desde 1999. Entre las dos se calculan hasta cien mil muertos y cuatrocientas mil personas que arrancaron de sus casas.
La segunda vez fue peor. Las fuerzas rusas sitiaron la ciudad durante el invierno de 1999 y la tomaron calle por calle en febrero del 2000. Los trabajadores de ayuda que entraron detrás se encontraron con un desierto de escombros con cuerpos todavía adentro. Solo en ese sitio murieron entre cinco mil y ocho mil civiles. En 2003 la ONU declaró a Grozni la ciudad más destruida del mundo.
Lo que me encontré fue una ciudad renacida de las cenizas: edificios nuevos y flamantes por donde se mirara, miles de grúas levantando rascacielos, ninguna edificación antigua a la vista. Uno piensa en Rusia y se imagina construcciones soviéticas; esto era muy diferente. Y hombres de barba por todos lados, las mujeres con velo, y la mezquita Corazón de Chechenia, gigante y blanca, dominando todo.
Los chechenos no son rusos y no lo parecen. Son un pueblo del Cáucaso, con su propio idioma, y musulmanes desde hace siglos. De ahí las barbas de todos los hombres en la calle y las mujeres con velo. Rusia se demoró treinta años en conquistarlos en el siglo XIX, y ni así se quedaron quietos: Stalin los deportó enteros a Asia Central en 1944, acusados de colaborar con los alemanes, y recién los dejaron volver en 1957.
Las caras que uno ve por todas partes son las de los Kadírov. El padre, Ajmad, se pasó al lado ruso y fue presidente hasta que lo mataron con una bomba en 2004. El hijo, Ramzán, manda desde 2007 con el respaldo de Putin, y por eso los dos aparecen juntos en las fachadas y en los monumentos. Los organismos de derechos humanos lo acusan de secuestros, torturas y asesinatos contra sus opositores. Rusia dio por terminada la guerra en 2009.
Nothing looks old because almost nothing is.







Nadie me dejó pagar nada.
Paré en un café muy elegante y pedí un americano. El dueño se acercó, curioso, porque nunca había entrado un extranjero ahí, y me ofreció lo que quisiera gratis. Me trajo dos cafés más para degustar. Le agradecí conmovido. Jacko esperó sobre la moto, como ya se había acostumbrado, sin quejarse nunca.
Fuera de las avenidas es una ciudad que trabaja. El pan llega en bandejas de fierro en la parte de atrás de un furgón y se entrega ahí mismo, en la vereda. En los negocios sigue estando el Alionka, el chocolate soviético de la niña con pañuelo, con la misma cara desde los años sesenta.
A las dos de la tarde salí de vuelta hacia Daguestán y paré por tercera vez en el día en el mismo café de la carretera. Un tipo me vio agarrar un paquete de charqui y lo pagó él antes de que yo alcanzara a sacar la plata.




Llegué de noche a un lugar que no podía ver.
Saliendo de una bencinera, en un semáforo en rojo, vi pasar a un perro quiltro del tamaño de Jacko que se acercaba a jugar entre los autos. Estuvo a punto de morir atropellado más de una vez frente a mis ojos. Sabía que si no lo sacaba de ahí se moría. Lo llamé, se acercaba juguetón pero no lo suficiente, casi me caigo de la moto intentándolo, hasta que lo agarré con los dedos como tenazas y lo subí de un tirón. Ya tenía dos perros encima, Jacko excitado y confundido olfateándolo, y yo tratando de maniobrar mientras la moto se empezaba a apagar otra vez.
Anduve kilómetros así, buscando en cada esquina un lugar donde dejarlo, hasta que subí por un camino de tierra hacia un pueblito y los solté a los dos frente a unos campesinos con sus ovejas. Traté de explicarle a uno, con señas y con savaka, una de las pocas palabras que sé en ruso, que el perro no era mío. Me dijo que no, gracias. Lo raro fue que el quiltro le movía mucho más la cola a él que a mí, y cuando el hombre se subió a un auto destartalado y salió tirando polvo, el perro salió detrás a la carrera.
El punto de acampada era una coordenada de iOverlander y nada más. La copié en maps.me, que tenía la región de Daguestán descargada, porque el otro mapa daba vueltas y nunca aparecía la pelotita azul. Llegar fue difícil: el punto me llevó a un pueblo muy arriba en la montaña, subiendo curva tras curva sin nada de luz, en plena oscuridad, y después me sacó del camino a una huella off road que cruzaba riachuelos, hasta terminar en un plano muy chico.
El viento era lo único que me hacía imaginar el cañón abierto que había frente a mí. Encontré el único pedazo plano y armé la carpa. Me fumé un tabaco mirando las estrellas, feliz conmigo mismo de haberlo logrado. A la mañana siguiente me desperté con la que quizás fue la vista más impresionante de mis cuarenta acampadas de este viaje.
En la mañana vi lo que tenía al frente: el cañón del Sulak. Cincuenta y tres kilómetros de largo y 1.920 metros en su parte más profunda, más hondo que el Gran Cañón y el más profundo de Europa. Lo cavó el río Sulak, y el agua turquesa del fondo es el embalse de Chirkéi, retenido por una represa metida en la parte más angosta de la garganta.
En la mañana había una familia con la mesa puesta en el filo del cañón: sillas, mantel y un canasto de pan. Terminé sentado con ellos tomando té, y antes de irme alguien se quiso subir a la moto.
Estaba en Daguestán. Llevaba años escuchando hablar de este lugar y nunca pensé que lo iba a ver por dentro.
Supe que había algo enorme al frente solo por el sonido del viento que salía de ahí.






Daguestán, treinta pueblos y un festival al que entré de casualidad.
Daguestán es la punta sureste de Rusia, montaña casi entera, y la región más mezclada del país: conviven más de treinta etnias, muchas con su propio idioma, que los valles mantuvieron separadas el tiempo suficiente como para que siguieran siéndolo. Y es, kilo por kilo, la mejor tierra de luchadores del mundo. La lucha libre es el deporte nacional y de acá salen campeones olímpicos como de otros lados salen futbolistas: Abdulrashid Sadulaev, dos oros olímpicos, es de un pueblo de estas montañas, y Khabib Nurmagomedov e Islam Makhachev, los dos campeones mundiales en la jaula, aprendieron a luchar en Majachkalá.
Después de una hora de viaje llegué a la capital de Daguestán y por primera vez tuve vista al mar Caspio, ese mar interior sin salida al océano que tantas veces crucé soñando despierto cuando me imaginaba camino a Medio Oriente.
Daguestán es una de las regiones más diversas de Rusia: más de treinta etnias conviviendo, casi todo montaña. Traté de caminar la plaza principal pero apenas estacioné apareció un tipo de civil retándome, después me mostró su placa, y vi acercarse a más policías. Me hice el tonto y me fui haciendo la reversa con los pies. Después, cada auto de policía que pasaba con las luces prendidas yo pensaba que me buscaba a mí.
Dando vueltas para alejarme de la escena llegué a una calle cerrada con una gran multitud pasando un control. Me dio curiosidad, estacioné y pregunté. Era un evento cultural que se hace una vez al año, y ahí estaba yo. No podía tener más suerte.
Daguestán tiene más de treinta grupos étnicos, muchos con su propio idioma. Los valles de montaña los mantuvieron separados el tiempo suficiente como para que siguieran así.






El pueblo que nadie debería haberme recomendado.
Alguien en Majachkalá me dijo que fuera para allá y le hice caso. Generalmente los locales dan buenos consejos, pero esta vez no. Llegué de noche y me puse a dar vueltas: no era nada que ver con lo que me imaginaba, un pueblucho sucio y lleno de polvo, con las calles resquebrajadas. Ni siquiera creía que hubiera alojamiento, y andaba muy justo con el efectivo.
Ya cuando me disponía a salir de ahí, una chica que caminaba en dirección contraria me sonrió. Para mí fue una señal. Di media vuelta y la saludé. No entendía casi nada de inglés, pero le hice el gesto de buscar dónde dormir, y se sonrió más todavía cuando vio a Jacko. Hizo un llamado, me respondió medio insegura que sí, y que la siguiera. Unos metros más allá abrió un gran portón de hierro y entramos.
Me trataron como rey. Comí como cerdo. Hospitalidad total. Llovió casi todo el día siguiente y recién como a las tres de la tarde pude escaparme, porque la familia prácticamente quería que me quedara a vivir con ellos. Eran gente pobre y sencilla y mi presencia se había vuelto algo extremadamente novedoso: todos competían por mi atención. Muy buena onda, pero yo tengo que seguir.
Y al fin pude ducharme. La primera ducha desde el hostal de Tiflis, cuatro o cinco días antes, porque desde ahí venía acampando todas las noches. Esa ducha me vino de oro. Toda la parada funcionó como un break dentro del viaje: comer bien, cargar las baterías, asearme, y después seguir la travesía.




Derecho al norte saliendo de Kizlyar, con el Caspio a mano derecha.
Salí de Kizlyar a las tres de la tarde con garúa, con los guantes prestados de mi amigo Mario, por la carretera larga que sube hacia el norte bordeando el mar Caspio. Llovió casi todo el camino. Pasé por lo menos dos controles policiales y en los dos me saludaron con la mano sin pararme: una moto extranjera cargada así responde la pregunta antes de que la hagan.
La primera llenada me costó mil rublos. Aproveché de tomarme un chocolate caliente adentro mientras una rusa de gran tamaño me miraba con recelo. Al Jacko no lo quería dejar entrar, hasta que lo vio pararse en dos patas pidiéndome comida y se ablandó. Más al norte el cielo se despejó y crucé por primera vez a un hombre de rasgos claramente asiáticos, y ahí supe que Kazajistán ya estaba cerca.
Después de unos ochenta kilómetros de pura estepa salió el sol a ponerse, y fue el mejor atardecer de todo el cruce. Me metí a una bencinera a mirarlo con un café en la mano. La losa estaba empapada y se puso naranja entera.
El campamento era otro punto de iOverlander, a ciento veinte kilómetros más allá, cerca de una de las ramas del Volga antes de que se muera en el Caspio. Llegué a las ocho, con una hora de oscuridad encima, sin efectivo y con bencina para unos diez kilómetros más.




Las barcazas pasaban a quince metros con los motores casi apagados.
Armé la carpa debajo de un árbol viejo, al lado mismo del agua, otra vez a tientas. Las barcazas pasaron toda la noche a quince metros, planas, tapadas y con los motores casi apagados, llevando petróleo del Caspio hacia adentro de Rusia. Pasaban como fantasmas.
El Volga es el río más largo de Europa. Tres mil quinientos kilómetros desde los cerros al noroeste de Moscú hasta donde yo estaba acostado, y nunca sale de Rusia. Once de las veinte ciudades más grandes del país están a su orilla, y los rusos le dicen la madre Volga. Durante mil años fue el camino al sur: los jázaros, los búlgaros del Volga y los vikingos comerciaban por él hasta el Caspio y de ahí a Persia. Las barcazas que pasaban frente a mi carpa hacían la misma ruta, con petróleo en vez de pieles.
Esa noche se me acabó el efectivo. Literal. Me quedaron cinco rublos, unos cincuenta pesos chilenos. Un vuelto absurdo. Y cinco laris georgianos que ya no servían para nada, pero que al menos sumaban a la colección de billetes que había empezado ese año.
En la mañana vacié mis dos bidones de reserva en el estanque, algo más de cinco litros, justo lo suficiente para llegar a Astracán y cambiar mis últimos cincuenta euros.
Saliendo del lugar, cuatro pescadores con botas de agua me llamaron desde la orilla y no me dejaron irme rápido.
They went by like ghosts, fifteen metres away, and I lay there listening to them.




Astracán, la única ciudad verdaderamente rusa de todo el cruce.
Astracán la fundó Iván el Terrible en 1558, en el delta donde el Volga se abre en cientos de brazos después de tres mil quinientos kilómetros y se muere en el Caspio. Por ahí pasaron las caravanas persas, los comerciantes armenios y los mercaderes tártaros, y sigue siendo la capital del caviar en Rusia.
Mucho antes de Iván, esto era tierra mongola. Batu Kan, nieto de Gengis Kan, puso la capital de la Horda de Oro en Sarai, un poco más arriba en el delta. Cuando la Horda se deshizo en el siglo XV, el pedazo de la desembocadura se transformó en el Kanato de Astracán, que duró unos noventa años hasta que Iván se lo tomó en 1556.
Seis siglos de eso se notan en las caras. Astracán es una de las ciudades más mezcladas de Rusia: rusos, kazajos, tártaros, nogayos, kalmukos, azeríes, armenios y gente de todo el Cáucaso, en un lugar que ha sido frontera desde que alguien lleva la cuenta.
Fue también la única ciudad verdaderamente rusa que crucé en todo el viaje, porque las otras dos eran de Chechenia y Daguestán, algo lejos de ser rusas. Casas antiguas de madera, edificios soviéticos, mezquitas y mercados bulliciosos de pescado, y el río más largo de Europa terminando ahí mismo su recorrido.
Visité el Kremlin de Astracán, una fortaleza blanca del siglo XVI. En la entrada había un par de militares y a uno le pedí una foto porque tenía cada ojo de un color distinto; accedió amablemente. Adentro, estudiantes sentados en el pasto pintaban con acuarela en un día tibio de otoño.
Después me senté en la terraza de un café frente a las murallas. Era caro para los estándares rusos. Una mujer que estaba sentada al frente se levantó y se acercó a hablarme: había viajado por Suiza y le encantaba. Después me dijo que le llamaba la atención que no hubiera pedido nada de comer, me recomendó una ensalada y una sopa típica de la zona, y me dijo que me querían invitar porque yo era un forastero en su ciudad. Y con una sonrisa se fue hacia la caja. No cabía en mi impresión.








El archivo del camino
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