
Historia 11 Caminos duros
Una osa madre me cargó. Lo que la frenó fue el ruido del motor.
La carretera más famosa de Rumania sube a dos mil metros por los montes Fagaras, y cruza la mayor población de oso pardo de Europa fuera de Rusia. El 28 de junio de 2025 una de ellas se nos vino encima a Jacko y a mí desde siete metros.Del archivo de camino de Rodrigo



Caminos duros
Una osa madre me cargó. Lo que la frenó fue el ruido del motor.
La carretera más famosa de Rumania sube a dos mil metros por los montes Fagaras, y cruza la mayor población de oso pardo de Europa fuera de Rusia. El 28 de junio de 2025 una de ellas se nos vino encima a Jacko y a mí desde siete metros.
- 2,042 mEn lo más alto
- 5+Osos pidiendo comida en el camino
- 1 mQué tan cerca llegó
La carretera más famosa de Rumania sube a dos mil metros por los montes Fagaras, y cruza la mayor población de oso pardo de Europa fuera de Rusia. El 28 de junio de 2025 una de ellas se nos vino encima a Jacko y a mí desde siete metros.
Construida por las razones equivocadas, y salió preciosa.
La Transfagarasan se abrió a tajo por los montes Fagaras en los años setenta, por orden de Ceausescu, después de la invasión soviética de Checoslovaquia, como ruta militar para cruzar la cordillera. Costó una enormidad de dinamita y varias vidas.
Lo que quedó son noventa kilómetros de curvas cerradas que suben a poco más de dos mil metros, abiertos solo en verano porque la nieve los cierra el resto del año. La hice de sur a norte, desde el pueblo de Capatanenii Pamanteni en la ladera sur, cruzando el paso y bajando por el otro lado.
El día anterior había hecho la Transalpina, la otra carretera de montaña famosa de Rumania, y no me llenó: demasiado abierta, demasiada meseta. La Transfagarasan tiene bosque cerrado y curvas más exigentes. Por esa volví.




Lo que quedó del camino
El peligro nunca fue la carretera.
Noventa kilómetros de curvas a dos mil metros, y lo que casi sale mal estaba parado en la orilla con tres crías, lo bastante mansa como para que un motociclista se le acerque a siete metros sin pensarlo, y lo bastante salvaje como para cubrir esa distancia en menos de un segundo. La gente la hizo así, dándole de comer a su familia por la ventana del auto.La primera vez llegué a medianoche con una linterna.
En septiembre de 2024 llegué al mismo pueblo al final de dos semanas de problemas eléctricos: un alternador chino, después dos baterías muertas por su culpa, después el regulador que estaba al lado, rearmado con una pieza de otra moto por mi mecánico Gabriel en Pitesti y rematado a soldadura por el papá de Gabriel. Sumó bastante más de doscientos euros en el tramo más flaco de todo el viaje.
Salí de Pitesti a las ocho y media de la noche, a oscuras, con la moto por fin andando bien, y me hice la hora hasta el pie de la carretera. El camping estaba cerrado. Empezó a llover. Entré a los primeros kilómetros oscuros de la Transfagarasan acordándome de todo lo que me habían dicho de los osos, barriendo la orilla con la linterna, nervioso y esperanzado en partes iguales.
En un vallecito verde junto a un puente, la linterna encontró una osa con dos crías, caminando tranquilas. Me vieron, salieron disparadas cerro arriba y desaparecieron en unos treinta segundos. Seguí andando con el haz moviéndose para todos lados hasta que la lluvia apretó cerca de medianoche, y me devolví a un restorán con luz donde negocié una pieza en veinte euros. Era mi primera cama en treinta días.
No podía creer lo que acababa de ver. Seguí mirando para atrás, por si había otro ahí en la oscuridad.




Neblina a un lado del túnel, sol al otro.
La noche anterior la pasé al pie de la ladera norte, en Cartisoara, en una cabaña de setenta lei, unos catorce euros, arrendada a una señora del restorán que no hablaba nada de inglés y me pasó el precio en una calculadora. Todas las demás cabañas estaban vacías. Bajé las maletas de la moto y empezó a llover, y me metí a acostarme con las botas puestas. El pronóstico daba lluvia hasta las cuatro de la tarde del día siguiente.
Volví a hacerla en serio el 28 de junio de 2025, saliendo a las nueve y media para adelantarme a la lluvia que anunciaban para media mañana. La primera mitad se fue rápido: neblina densa, curvas cerradas, ninguna vista, y sin la capa de agua puesta, así que subí tenso todo el rato esperando que se abriera el cielo.
La mitad sur no es la mitad bonita. Justo antes del túnel largo que parte la carretera en dos hay un mercadito al borde del camino. Pasé de largo, y al otro lado el tiempo había cambiado por completo: cielo despejado y luz tibia.
La bajada fue el premio. Curvas y roca pelada arriba, que van dando paso a bosque espeso de montaña, más verde cada cien metros, el sol saliendo por fin, la cámara grabando y Jacko ladrando de puro entusiasmo sobre el estanque.
Parados en medio del camino, pidiendo comida.
El primero fue una madre con una cría, con los autos ya detenidos en la orilla. La luz estaba perfecta. La mayoría sacó una foto y siguió. Yo me quedé y los seguí a distancia entre los árboles.
Después vinieron los otros, uno tras otro. Machos solitarios enormes parados en medio del asfalto, haciendo los mismos gestos, esperando que les dieran comida. Conté por lo menos cinco. Ahí cambió la sensación y dejó de ser un avistamiento de fauna.
En un momento le pedí a otro motociclista que me sacara una foto con un oso atrás. El hombre se negó a acercarse ni de cerca a la distancia a la que yo ya había caminado. No entendí por qué hasta unos diez minutos después.
Parecían animales de zoológico, sin nada de su condición salvaje, esclavizados por las sobras de la gente.
Rumania tiene la mayor población de oso pardo de Europa fuera de Rusia, alrededor de seis mil animales. Darles de comer por la ventana del auto está prohibido y multado en este camino. Los letreros existen porque esa costumbre creó el problema, y los animales parados en el tráfico son el resultado.


A siete metros, y entonces Jacko ladró.
Pasada una madre con dos crías chicas sobre un puente, cerca de una torre de alta tensión, me encontré con el oso más grande que había visto en mi vida: pelaje espeso color miel, en perfecto estado, con tres crías de pocas semanas. Me bajé de la moto y me quedé a unos siete metros, al lado de unos autos estacionados, solo mirando.
Jacko ladró. La osa se tensó al instante. Traté de taparle el hocico al perro y callarlo, pero ya era tarde, y se nos vino encima a toda velocidad. Nunca había visto algo moverse así. Me quedé congelado.
De alguna forma metí el teléfono en el soporte, me subí y apreté la partida. Estaba a un metro. Aceleré fuerte, y el ruido fue lo que la frenó: se asustó y retrocedió. Todos los turistas alrededor estaban paralizados, mirando, sin decir nada. Metí primera y arranqué con una sonrisa nerviosa, sin entender todavía bien lo que había pasado.
Lo entendí esa misma tarde, donde Gabriel en Pitesti, mostrándole las fotos. Gabriel me mostró otras fotos a mí: turistas de ese mismo tramo de camino con los brazos abiertos a zarpazos.
Prendí la moto y aceleré fuerte. Eso fue lo que nos salvó.
El archivo del camino
60 imágenes más del camino
Todo lo demás de la carpeta, en el orden en que se tomó.
03
04
05
06
07
08
09
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62























