
Historia 02 Los comienzos
El primer viaje no fue el viaje perfecto. Fue el test ride.
Una moto nueva comprada con la plata de un invierno ártico, cero experiencia manejando, y un verano entero descubriendo en qué me había metido: la costa del Pacífico, el país del oro, el Valle de la Muerte y el Gran Cañón.Del archivo de camino de Rodrigo



Los comienzos
El primer viaje no fue el viaje perfecto. Fue el test ride.
Una moto nueva comprada con la plata de un invierno ártico, cero experiencia manejando, y un verano entero descubriendo en qué me había metido: la costa del Pacífico, el país del oro, el Valle de la Muerte y el Gran Cañón.
- 01Primera moto
- 00Experiencia previa manejando
- 04Estados en el primer viaje
- 2015El verano en que empezó
Una moto nueva comprada con la plata de un invierno ártico, cero experiencia manejando, y un verano entero descubriendo en qué me había metido: la costa del Pacífico, el país del oro, el Valle de la Muerte y el Gran Cañón.
La encontré un domingo en la mañana, con resaca.
Llevaba semanas en eso. Todas las noches, todos los sitios, todos los avisos: cycletrader, craigslist, los foros, cualquier cosa que tuviera la foto de una moto de aventura. Sabía exactamente lo que buscaba y no aparecía.
Y una mañana me desperté con una resaca de las que uno se gana con todas las de la ley, después de haber salido de fiesta con un amigo, agarré el teléfono antes de sentarme siquiera, y ahí estaba. Una BMW F 800 GS del 2009. Con maletas puestas, parabrisas, defensas, lista para salir. El amarillo exacto. Siete mil cuatrocientos ochenta dólares.
Esa era la moto. No una parecida: esa. La reservé antes de tomarme un vaso de agua.
Era usada, pero estaba como nueva. Flamante. Ocho mil kilómetros de uso y ni una sola raya en la carrocería.
Y venía equipada, que es la parte que uno no dimensiona hasta que la ve. Un asiento Corbin, comodísimo. Un parabrisas alto de viaje, que en carretera cambia el día entero. El cubrecárter Touratech. El rack y las maletas laterales BMW originales, y el top case original. Comprar todo eso aparte cuesta un tercio de lo que costaba la moto entera.
El único problema era dónde estaba. Monroe, Michigan. Tres mil cuatrocientos kilómetros desde mi puerta en Irvine, al otro lado del país entero.
Así que hice la transferencia, firmé los papeles desde California por una máquina al lado de la cual nunca me había parado, y después tuve que resolver cómo moverla físicamente. Esa parte tomó más que la compra. Me costó unos ochocientos dólares traerla en camión, plata que ya no tenía, y todo el trámite se demoró un mes. Yo estaba estudiando en Irvine y no podía simplemente ir a buscarla. Así que esperé. Un mes de refrescar una página de seguimiento y no servirle a nadie para nada.
Llegó un domingo, mientras tomaba desayuno. Donde yo vivía eran casas, calles tranquilas, por ahí nunca pasaba nada más grande que una camioneta de reparto. Y de repente bajó por la calle un camión con acoplado de North American y se detuvo, y supe lo que era antes de que nadie golpeara la puerta.
Levantaron la cortina. Ahí estaba, amarrada sobre un pallet, encadenada por cuatro puntos, encajada entre los muebles de otra persona. Dos tipos la bajaron caminando por la rampa, me pasaron una tabla para firmar, y firmé parado en la vereda con lo que fuera que tuviera puesto para dormir.
Uno de los días más felices de mi vida.
Esa era la moto. No una parecida: esa.






Lo que dejó el camino
Uno no empieza estando listo.
Cuatro estados, una moto que apenas podía manejar, equipamiento equivocado, y cincuenta y un grados en el Valle de la Muerte con la nariz sangrando. Todo lo que hago hoy en una expedición, lo hago por algo que salió mal en este viaje.Nunca me había subido a una moto de ese tamaño.
Lo único que yo había manejado eran motos de tierra, de doscientos cincuenta centímetros cúbicos como máximo. Una F 800 GS cargada con maletas es otro animal: pesa el doble, mide más, y a diez por hora hace lo que se le da la gana.
Así que me di un curso intensivo de dos semanas, solo, dando vueltas por California. Sin instructor y sin nadie mirando: sacaba la moto todos los días y me iba a la costa. A las playas de por ahí, bajando por los túneles peatonales llenos de gente con tablas de surf, entre los autos antiguos estacionados a la sombra de las palmeras. Ida y vuelta, ida y vuelta, hasta que dejó de dar miedo.
En esas semanas también fui a comprar mi primer equipamiento. Encontré una tienda de motos en California, atendida por Jason, un tipo muy simpático que trabajaba ahí, y de ahí salí con dos cosas: mi primer casco, ciento treinta dólares, y mi primera chaqueta de moto, una Fly, ciento sesenta.
Y ese fue todo mi equipo. Sumando lo demás: una GoPro 2 que me prestó un amigo, un bolso de estanque de veinte dólares, un GPS Garmin de veinte dólares, los dos usados, y una carpa chica de bicicleta que le compré a un amigo. Nada más, porque no tenía con qué: se me había ido casi toda la plata en la moto.
El bolso de estanque nunca terminó arriba del estanque. Lo metí adentro de una de las maletas laterales de aluminio, para tener todas mis cosas juntas en algo y que no anduvieran sueltas dando vueltas. Y en la otra maleta puse toda mi ropa, sin doblar nada, metida adentro de una de esas bolsas que sirven para cubrir almohadas, con el saco de dormir encima. Eso era todo mi equipamiento, y estaba de un desorden increíble: la ropa suelta ocupando cada centímetro que había.
Así partí a recorrer California. Sin botas, sin pantalones de moto y sin guantes. Zapatillas Nike, pantalones normales, la chaqueta y el casco.
Y cuando ya conocía la máquina, empezaron las vacaciones de la universidad. Tenía un mes por delante y una moto nueva.
El primer camino de verdad fue el obvio: la Highway 1, la Pacific Coast Highway, hacia el norte saliendo de Irvine con el océano a la izquierda todo el rato. Santa Mónica. El tramo largo y vacío de Big Sur, donde el camino va cortado en el acantilado y abajo no hay nada más que agua. Monterrey. San Francisco al final.
Sin instructor y sin nadie mirando: sacaba la moto todos los días y me iba a la costa.








El actor que me hizo practicar el guion con él, en pleno Hollywood.
El primer alojamiento del viaje fue por Couchsurfing, el 21 de julio de 2015, en el oeste de Los Ángeles, a la altura de Santa Monica Boulevard. Se llamaba Mark.
Todavía tengo el mensaje que me mandó ese día: no llegaba a la casa hasta las siete y media, vivía solo en un estudio, y me avisaba de antemano lo único que le preocupaba. "No tengo aire acondicionado, pero el ventilador va a quedar justo al lado tuyo. Ha estado muy húmedo, lo cual no es nada propio del sur de California." Y terminaba, en español: Gracias y hasta esta noche, amigo.
Un tipo que no me conocía de nada preocupado de que el ventilador me quedara cerca.
Y resultó que no podía ser más del lugar donde estábamos: era actor, llevaba mucho tiempo en la industria, y tenía la casa llena de fotos suyas con gente de renombre. Entre ellas, una con Angelina Jolie.
No era una estrella. Era de esos actores secundarios que uno ha visto en veinte series sin saber cómo se llaman, y que llevan media vida trabajando de verdad.
Esa noche, justo, estaba practicando un guion para una película que venía. Así que terminé ayudándolo: yo le leía las líneas del otro personaje, las preguntas, y él respondía en personaje, una y otra vez, hasta que le salía como quería.
Ahí estaba yo, recién llegado, con una moto nueva estacionada afuera, haciendo de partenaire de un actor en Hollywood, que es exactamente el lugar de donde sale toda la magia del cine.
Fue de las cosas más raras que me han pasado en un primer día de viaje.
Yo le leía las líneas del otro personaje y él respondía en personaje, una y otra vez.



El primer camping salvaje de mi vida en moto.
Saliendo de Los Ángeles subí a las montañas de Santa Mónica, el cordón de cerros secos que separa Malibú del valle. Un camino angosto, curva tras curva, matorral quemado por el sol y palmeras sueltas, y de repente el mar apareciendo mil metros más abajo.
Ese día pasaron tres cosas que todavía me acuerdo. La primera fue el cartero.
Iba repartiendo la correspondencia por los cerros de Malibú, en su camión blanco del United States Postal Service, y nos encontramos arriba en la montaña. Paró a saludarme. Hacía un calor bestial y me regaló un Arizona helado, de esas latas gigantes de té con limón.
Nos pusimos a conversar y en algún momento le dije que iba a Chile en moto. No lo podía creer. Se quedó ahí parado haciéndome preguntas, una detrás de otra, con el camión del correo en medio del camino y la ruta esperando.
Y antes de irse hizo algo que no me esperaba: sacó un sobre, le escribió su dirección y me lo pasó. Que por favor le mandara una carta cuando llegara de vuelta a Chile.
Tengo la foto: él con el Arizona en una mano y el sobre en la otra.
La segunda fue menos alegre: un ciervo muerto en la berma, recién atropellado. Ahí uno entiende de golpe que esos cerros están llenos de animales y que a la vuelta de cualquier curva puede aparecer uno.
Y la tercera fue The Old Place, un galpón de madera del oeste, con astas de ciervo sobre la puerta, plantado en Cornell, en medio de la nada, y cerrado. Estacioné la moto en la tierra de adelante y me quedé un rato mirándolo.
Pero lo importante de ese día es lo que vino a la noche, porque fue la primera vez en mi vida que dormí a la intemperie en un viaje en moto. Sin camping, sin reserva, sin nadie.
Llegué tarde y sin saber dónde meterme. Y ahí está el problema que uno no ve venir: en Estados Unidos no se puede acampar en cualquier parte. La tierra tiene dueño, hay carteles, y plantar una carpa donde a uno se le ocurra es meterse en problemas.
Así que entré a preguntar a lo primero que encontré abierto, que era una bodega de vinos: la Cornell, en Agoura Hills, a setenta metros de The Old Place. Las dos cosas están una al lado de la otra en el mismo recodo del camino.
Y el tipo de la tienda me dijo que sí, que armara la carpa en el patio de atrás.
Metí la moto en el patio de atrás, en la ladera del cerro, bajo un techo de malla negra sobre una estructura de fierro. Un galpón de madera con una lona café en un costado, y apoyadas contra el barranco seco decenas de puertas oxidadas y rejas de fierro forjado, guardadas ahí a la espera de que alguien las compre.
Colgué el casco y la chaqueta de un secador de botellas antiguo, de esos erizos de fierro llenos de púas, que estaba parado ahí con dos botellas verdes todavía puestas. De una bodega de vinos, claro. Dejé el top case abierto con la botella de agua adentro. El sol se estaba yendo por arriba del cerro pelado.
Y esa fue la primera noche.
No fue bonito. Fue el principio de todo lo que vino después: diez años durmiendo donde se pueda.
Al día siguiente bajé por Mulholland y paré en el Rock Store, que es donde para todo el que anda en moto por esos cerros. Afuera había un par de tipos, motoqueros fanáticos de los de verdad, y nos pusimos a conversar.
Cuando les conté para dónde iba me dijeron que me fuera con ellos, y me guiaron hasta Neptune's Net, el galpón de mariscos al borde de la Pacific Coast Highway con veinte motos estacionadas afuera. Ese lugar es un mito: es donde se juntan los motoqueros en la primera película de Rápido y Furioso.
Ahí me saqué la foto con ellos. Dos tipos que llevaban toda la vida andando por esa carretera, guiando a un chileno que llevaba tres días con moto propia.
Fue la primera vez en mi vida que dormí a la intemperie en un viaje en moto.










Randy, su Indian naranja y un fin de semana entero.
Ese lugar fue una locura, y no empezó bien.
Llegué de noche, muy tarde, a un camping donde había varias casas rodantes. Mi carpa era chica y mala: era una carpa pensada para viajeros en bicicleta, de las que necesitan amarrarse de los dos lados para quedar paradas. De día ya cuesta. De noche, cansado y a oscuras, es una pelea.
La terminé de armar en plena noche, en un pedazo de terreno que se sentía inseguro e incómodo, de esos lugares donde uno se acuesta con un ojo abierto.
Y justo ahí, en ese momento, me llegó al teléfono la respuesta de Couchsurfing de un tipo diciéndome que me fuera a su casa.
Así que desarmé todo otra vez y salí en medio de la noche.
Randy vivía en una casa. Y más allá, en el mismo terreno, tenía una casa rodante chica, apartada, que usaba para los invitados. Esa fue la mía.
Quedaba justo al lado del gallinero, y era perfecta: uno tiene su puerta, su espacio y su horario, sin sentir que está metido en la casa de nadie. El terreno estaba lleno de suculentas y lavanda.
A la mañana siguiente fuimos juntos a buscar los huevos para el desayuno, y me los mostró en la mano, azulitos, recién puestos.
Conversando resultó que era arquitecto. Le había ido bien en algunos proyectos y estaba tranquilo con la vida, soltero y sin hijos, con su terreno, sus gallinas y su moto.
Randy andaba en una Indian. Nueva, naranja encendido, con los guardabarros anchos de las de antes y los flecos en el asiento, de esas motos que uno mira y entiende de inmediato de qué se trata. Al lado, mi F 800 amarilla parecía una herramienta.
Ese fin de semana no me dejó quieto. Primero nos fuimos a un viñedo, a una barra de cata con las copas puestas y los cubos de acero para escupir, que es un mundo del que yo no sabía nada. Y el vino californiano resultó ser muy bueno.
Almorzamos, y después salimos a andar de verdad. Subimos por las montañas hacia Los Osos, y ahí apareció lo bueno: tramos de tierra entre bosques, lomas doradas con manchones de encinos puestos como a mano, y lugares que uno no encuentra si no anda con alguien de ahí. Paramos arriba, en un mirador de tierra, con las dos motos apoyadas y el valle entero abajo. Esa es la foto que más me gusta de ese tramo: yo en el medio, la amarilla a un lado y la Indian naranja al otro.
Volvimos con la noche y al día siguiente, en la mañana, había un evento de autos clásicos en el pueblo. Una bomba de bomberos de principios de siglo, carretas, banderas, y la calle llena de Harleys estacionadas en fila con la Indian de Randy entre medio.
Ese lugar es muy californiano. Yo estaba a tres días de haber empezado mi primer viaje y me sentí adentro del viejo oeste.
Randy también tenía una de esas camionetas Ford antiguas, y salimos a dar una vuelta con ella y con su perro: un Staffordshire enorme que se subió adelante conmigo y se dejó fotografiar con la lengua afuera.
Dos noches y me trató como si nos conociéramos de toda la vida.
Al lado de la Indian, mi F 800 amarilla parecía una herramienta.










Big Sur, el mapa de papel y el puma.
De ahí seguí por la PCH 1, la carretera que va pegada a la costa y que es de las más lindas de Estados Unidos. El camino va cortado en el acantilado, con el Pacífico entero a la izquierda y la niebla entrando por abajo.
Cada tanto paraba y sacaba mi mapa de papel de California, lo abría encima de la maleta y me ubicaba. En 2015 Google Maps existía pero no era lo que es hoy, y además a mí siempre me han gustado los mapas de papel. Hay una foto justo de eso: la moto en la berma, el mapa abierto sobre el top case y el mar detrás.
Llegué a Big Sur muy tarde, de noche. El plan era claro: armar la carpa en el bosque, entre las secuoyas, y dormir ahí. Después de lo de Agoura Hills ya me sentía capaz.
Entré a un bar a preguntar por dónde meterme, y lo primero que me dijeron fue otra cosa: que tuviera cuidado, que había un puma dando vueltas por la zona de noche.
Y ahí se me quitaron las ganas. Una cosa es dormir a la intemperie, y otra distinta es hacerlo sabiendo eso, solo, en un bosque cerrado y de noche.
Así que me quedé en el bar. Y por eso pasó lo que pasó después: conocí a unos chicos que estaban alojados en una habitación de unas cabañas cerca, nos tomamos unas cervezas, y terminaron diciéndome que me quedara con ellos. Dormí en el suelo de esa pieza, igual con un poco de susto, pensando en el puma.
Al día siguiente salí a dar vueltas. En un bar conocí a una mesera que tenía tatuado el mapa del mundo entero en el hombro y el brazo, los continentes dibujados a línea, sin colores. Le pedí la foto.
Después fui a la playa típica de Big Sur, y de ahí seguí hacia Monterrey.
Lo primero que me dijeron en el bar fue que tuviera cuidado, que había un puma dando vueltas de noche.









Monterrey: la moto de juguete y el bidón naranjo.
En Monterrey me alojaron Molly y su marido, otra vez por Couchsurfing. Ella me había contestado tarde: "Acabamos de tener invitados y recién ahora vi tu solicitud. Si todavía estás en el pueblo, eres más que bienvenido a quedarte con nosotros". Vivían en una casa de madera azul grisáceo con la puerta roja, porche blanco y un portón de tablas al final de la entrada de tierra. Él era militar estadounidense, alto y fibroso. Tenían un hijo de dos o tres años, rubio y de rulos.
Los dos eran fanáticos de las GS de BMW y entre ambos tenían una 800 Adventure, guardada en el galpón con las parrillas puestas y la red de carga.
Pero lo mejor pasó apenas llegué, y fue con el niño. Resulta que él tenía un juguete: una F 800 chiquitita, igual a la mía, exactamente del mismo color. Y de repente llegó esa misma moto al patio, en tamaño real, con las maletas puestas. El cabro chico casi se vuelve loco. Después me prestó su juguete para que le hiciera unas fotos, y por eso existe la imagen de mi moto en miniatura parada encima del mapa de California que yo andaba trayendo, abierto justo en la bahía de San Francisco.
Me quedé dos noches, y en esas dos noches me tocó ver algo que no esperaba. Molly estaba muy frustrada porque su marido tenía que viajar pronto a Irak, o a alguno de esos países que estaban en guerra. Y me tocó verla llorar. Uno llega a estas casas de paso, de pura confianza, y de repente estás adentro de algo muy íntimo, sin poder hacer nada más que estar ahí.
Me pasaron unos tickets gratis para el acuario de Monterrey, el más grande del mundo. Impresionante. Un pulpo gigante del Pacífico pegado al vidrio, con las ventosas aplastadas contra el cristal. Un estanque azul profundo lleno de medusas subiendo y bajando, abriéndose y cerrándose como paracaídas. Y el estanque grande, con un cardumen de sardinas girando en espiral y la gente en silueta contra el vidrio, mirando.
También fui a una playa muy linda por los alrededores, en un pueblo donde Clint Eastwood había sido alcalde.
Y ahí también hice mi primera parada mecánica de verdad. Me ayudaron a lavar la moto, que era la primera vez que la lavaba, y a engrasarle la cadena, cosa que no había hecho nunca en mi vida. Después me enseñaron a ajustarla, que tampoco sabía cómo se hacía. Salí de esa casa con la moto lista para seguir.
Y justo antes de irme, Molly apareció con un bidón naranjo de quince o veinte litros de bencina y me lo regaló para llenar la moto y seguir viaje. Esa es la foto: la moto en el patio de maicillo y el bidón naranjo parado en el suelo, delante de ella.
Poco después de salir de Monterrey paré por primera vez en un REI, que es una cadena de tiendas de camping y aire libre que hay por todo Estados Unidos y que es impresionante por dentro. Ahí compré mi primera cocinilla y una olla. La cocinilla era chiquitita: se guardaba entera en una cajita blanca del porte de una cajetilla de cigarros, y me costó unos treinta dólares. Lo que no sabía en ese momento es que esa misma cocinilla la iba a seguir usando los diez años siguientes. Saqué efectivo, doscientos dólares, que era el máximo que me dejaba mi tarjeta, y me llevé un engrasador de cadena, que era justo lo que me faltaba. Así fui armando el equipo: de a poco, comprando cada cosa recién cuando el camino me enseñaba que me hacía falta.
El cabro chico tenía una F 800 de juguete igual a la mía, y de repente le llegó la de verdad al patio.











San Francisco: la Naked House y la carpa en la azotea.
De Monterrey seguí subiendo por la costa y crucé Santa Cruz, que yo sabía que era un lugar conocido entre los ciclistas: de ahí salió la marca de bicicletas que se llama igual que el pueblo. Ya se me estaba haciendo tarde, así que por primera vez en todo el viaje me desvié de la Highway 1 y me metí tierra adentro hacia San José, para aprovechar de pasar por Silicon Valley antes de llegar a San Francisco.
Llegué a San Francisco la noche del 29 de julio, y la primera casa donde me quedé está anotada en mi mapa de alojamientos con un solo nombre: la Naked House. Tengo una foto de esa noche, sacada desde la cocina: el living con las paredes pintadas de rojo oscuro, una lámpara encendida, dos cuadros, y el dueño de casa sentado en el sillón mirando su teléfono, en pelotas, con hojotas puestas. Así se vivía ahí, y a nadie le parecía raro más que a mí.
Al día siguiente salí a andar por la ciudad y me di cuenta de que San Francisco en moto es otra cosa. Hay una selfie mía con el casco puesto, metido entre los autos en pleno centro, con los edificios de vidrio subiendo a los dos lados y la fila detenida delante. Después de mil kilómetros de costa vacía, de repente estaba en el tráfico.
Esa tarde fui a ver el puente. Bajé hasta la orilla, abajo del todo, donde el Golden Gate arranca del agua, y dejé la moto en el borde del muro con las olas reventando al lado. Desde ahí el puente no se ve como en las postales: se ve desde abajo, enorme y naranjo, con la niebla entrando por el fondo.
El 31 de julio me fui al sur, a Mountain View, a meterme al campus de Google. Anduve por adentro entre los edificios de vidrio, comí en uno de sus comedores, con el logo de Google iluminado en colores encima de un escenario, y miré desde una ventana el pasto donde están las letras verdes de Android. Y antes de irme hice lo que había ido a hacer: estacioné la moto delante del letrero de Google y le saqué la foto.
El 1 de agosto amanecí en una terraza de cemento, en pleno centro, con la carpa armada al lado de una pared de hormigón y los edificios alrededor. Desde ahí, a diez metros, se veía Chinatown despertando: los letreros rojos y dorados en chino, los toldos, la gente ya en la calle. Ese mediodía subí a Nob Hill, a la catedral de Grace, que es de piedra gris con dos torres y un parque enfrente con una fuente.
Y a media tarde apareció otro motoquero. Nos sacamos una selfie con los cascos puestos, él con la GoPro y yo con la mía montada arriba, y de ahí partimos juntos.
El dueño de casa estaba en el sillón, en pelotas y con hojotas. A nadie le parecía raro más que a mí.









Cruzar el puente, y quedarse al otro lado.
Cruzar el Golden Gate en moto es más corto de lo que uno espera y más raro de lo que se imagina. Vas por el carril de la izquierda con la torre naranja pasándote por encima, los cables cayendo en curva a los dos lados, y la gente caminando por la pasarela a un metro de tu manubrio.
Al otro lado el camino sube de inmediato a los cerros de Marin, y ahí está el mirador de todas las fotos: la moto de perfil contra el puente entero, la bahía, y San Francisco chiquitito al fondo. Me quedé un rato largo ahí.
Más arriba en esos mismos cerros hay búnkeres. Toda esa costa fue una base militar durante décadas, y quedaron los emplazamientos de artillería enterrados en el pasto: plataformas circulares de hormigón con barandas, túneles vacíos, escaleras que no llevan a ninguna parte. Uno los recorre solo y sin ninguna explicación alrededor.
Terminé quedándome dos noches del lado de Marin, en una casa de madera blanca, larga y baja, de las que dejó el antiguo fuerte, con techo de zinc rojo y una puerta al medio. Estacioné la moto delante y me senté en el borde de la terraza. Adentro había una cocina común con un mapamundi enorme en la pared y un panel que decía EAT WELL AND PROSPER. Ahí conocí gente: un tipo alto y muy rubio, otro más joven, un señor de camisa a cuadros, todos alrededor de la misma mesa con pizza, botellas y computadores abiertos.
La noche del 2 de agosto bajamos todos a comer a Sausalito. Me acuerdo del plato: una olla roja de fierro esmaltado con un guiso adentro, zanahorias, guacamole, y una copa de vino tinto al lado. Éramos como diez en una mesa larga.
Y a la mañana siguiente, cuando ya estábamos despidiéndonos al lado del auto, pasó lo más californiano del viaje: un mapache asomó la cabeza entre dos troncos y se quedó mirándome, sin apuro, como si el que estaba de paso fuera yo.
Toda esa costa fue una base militar. Quedaron los búnkeres enterrados en el pasto y uno los recorre solo.









La noche me agarró en el camino a Yosemite.
El 3 de agosto, todavía en Sausalito, alguien me recomendó un par de lugares para acampar y los marqué a lápiz en el mapa de papel del bosque nacional: los campings del puente de Lumsden, allá abajo en el fondo del cañón del río Tuolumne, y The Pines, al lado de la oficina de guardaparques de Groveland. De ahí crucé el valle central hacia la Sierra Nevada y tomé la Highway 120, que es el camino que sube a Yosemite por el oeste: Chinese Camp, Groveland, con el lago Don Pedro abriéndose abajo entre los cerros.
A las seis de la tarde, pasado Moccasin, ya estaba metido en un camino de tierra al borde del cerro, con el sol de frente y la ladera seca cayendo encima de la huella.
La noche me agarró ahí, así que decidí acampar y dejar Yosemite para el día siguiente.
Y ahí tuve la primera caída que recuerdo con esa moto, por culpa mía y por no tener nada de experiencia en tierra. En el lugar que encontré para tirar la carpa había una bajada de ripio. La tomé en neutro, sin freno de motor, que fue lo peor que podía hacer, porque agarré todavía más vuelo. Y cuando la moto empezó a desestabilizarse frené con el delantero y no usé el trasero: se me dobló el manubrio y me fui al suelo fuerte, contra el ripio.
Pero no fue solo el freno. La moto todavía traía los neumáticos de carretera con los que venía, que en ripio suelto no agarran nada. Mezcla eso con el terreno y con la pendiente, y el desastre ya estaba armado.
Esas fueron las primeras heridas de guerra de la moto. Un rayón grande en el motor, y la luz de la patente trasera quebrada. Al día siguiente traté de pegarla con pegamento.
Armé la carpa al lado del camino, en el bosque, en un sitio que tenía mesa de madera, anillo de fuego y un cajón de fierro para guardar la comida por los osos.
Llegué a la entrada de Yosemite a las diez y media de la mañana del 4 de agosto, poco antes de mediodía. Nunca había estado en un parque nacional en Estados Unidos y me impresionó lo profesional que era todo: la entrada, la señalización, hasta los baños. Todo perfecto, muy bien hecho.
Ese primer día almorcé en el camping estrenando la cocinilla nueva arriba de la mesa: un sándwich de pan integral con tomate, lechuga y queso en un plato de cartón, un racimo de uvas verdes, la olla negra con el cartucho de gas al lado, y el casco y la chaqueta apoyados en la misma mesa. La moto ahí al lado, entre los pinos, y las carpas de los demás más allá.
En la tarde subí a buscar las lagunas del bosque. Son chicas y quietas, con el pasto llegando hasta el borde del agua y los pinos parados alrededor, y a esa hora no había nadie.
La tomé en neutro, sin freno de motor, que fue lo peor que podía hacer.








El casco de repuesto se derritió en el escape.
Al día siguiente me hice mi avena con canela en la olla. Había comprado varios sobres y me gustaba mucho. Y salí temprano a seguir conociendo el parque, que resultó ser gigantesco, mucho más grande de lo que me había imaginado, y con todo pavimentado a la perfección: se llega a cualquier parte.
Volviendo de ese primer paseo empezó a salir un olor pésimo a plástico quemado. Miré por el espejo y vi una humareda enorme saliendo de la moto. Me asusté mucho, paré de inmediato y me bajé de un salto a ver qué se estaba quemando.
Era el casco de repuesto. Lo llevaba colgando al lado del tubo de escape, por si conocía a alguien y podía llevarlo de pasajero. Con el calor del escape se derritió completo. Una locura.
Esa fue otra de las cosas que dejaban en evidencia lo novato que era yo para los viajes en moto. Y el problema del escape con cosas colgando me iba a pasar muchas veces más, antes de aprender definitivamente que nunca hay que poner nada cerca de ese lugar.
Ese día bajé al valle. Half Dome asomando allá al fondo entre los paredones, El Capitán levantándose entero al lado del camino, y la moto parada al borde del asfalto con una pradera amarilla y la pared de granito detrás. En el pueblo del parque se me acercó una ardilla caminando por el suelo de madera, sentada en dos patas y sin ningún miedo. Y en todas partes los carteles de los osos: guarde la comida bajo llave, no deje nada afuera, mantenga limpio el campamento.
Al otro día anduve por los senderos del bosque. Pinos altos con líquenes verdes colgando de las ramas y el suelo cubierto de troncos caídos, una pradera larga metida entre los árboles, y el cañón abriéndose abajo cuando el bosque se corta de golpe.
Miré por el espejo y vi una humareda enorme saliendo de la moto.










Los seres vivos más grandes del planeta.
De Yosemite bajé al sur, al parque de las Secuoyas.
El cartel de la entrada es de madera oscura con las letras talladas, plantado sobre unas rocas al borde del camino, con el cerro seco detrás. Pasé por delante y seguí subiendo. El camino es una sucesión de curvas anchas entre los pinos, con la línea amarilla partiendo el asfalto al medio y bosque hasta arriba a los dos lados.
Arriba el camino se abre de golpe en unas praderas verdes, planas, rodeadas de coníferas, con el pasto alto y húmedo. Dejé la moto apoyada contra la baranda del mirador y me quedé mirando un rato.
Y después están los árboles. Uno los ve venir desde lejos, pero no sirve de nada: hasta que no estás parado abajo no entiendes la escala. El tronco es de un color naranjo rojizo, con la corteza acanalada de arriba abajo, y sube y sube sin adelgazar. Son los seres vivos más grandes del planeta por volumen, y algunos son más viejos que la mayoría de los países. Hay una foto mía parado entre dos de ellos con los brazos abiertos, y en la foto soy un punto.
Acampé adentro del parque, con la carpa y la moto una al lado de la otra entre los troncos. Me acuerdo del olor de esa mañana: corteza mojada, tierra y humo frío. Saqué todas las cosas arriba de la mesa del camping, armé la cocinilla y me hice el desayuno con el bosque entero encima.
Y ahí fue donde me pararon los guardaparques. Terminé al lado de la camioneta blanca con las luces azules y rojas encendidas, conversando con dos de ellos.
Hay una foto mía parado entre dos de ellos con los brazos abiertos. En la foto soy un punto.












Todos los pueblos de ese camino salieron de 1849.
Al norte, a las estribaciones de la Sierra, subiendo por el camino que llaman Route 49, entre los pueblos que salieron de la fiebre del oro.
Mariposa y su museo minero. Auburn, con un minero de piedra arrodillado al borde del camino. El río American allá abajo en su cañón, con un puente cruzándolo. Nevada City, Downieville, Graeagle, Sierraville. Curva tras curva, pino y polvo.




Bodie, Mammoth, el Valle de la Muerte, Las Vegas.
Cruzando las montañas a Nevada: Carson City, y después Virginia City, un pueblo de la plata que nunca dejó del todo de creer que es 1875. De vuelta al lago Tahoe, al sur hasta Bridgeport, y por un camino de tierra a Bodie, un pueblo de oro abandonado donde estaba y conservado tal como lo encontraron. Un camión de los años treinta oxidándose en el pasto. Ahí no vive nadie desde la guerra.
En Mammoth Lakes me quedé dos noches, el 16 y el 17 de agosto. Me hospedó Jonathan: un tipo muy grande y muy simpático, con una barba que le llegaba al pecho. En mi mapa de alojamientos lo tengo anotado hasta hoy con un apodo: el oso. Nos encontramos por Couchsurfing porque él también andaba en moto, y para él eso fue razón suficiente.
Mammoth es un centro de esquí en invierno. En verano es bosque, silencio y muy bonito, y hay osos dando vueltas sueltos. En la pared debajo de su ventana quedaban unas manchas cafés: eran las marcas de los osos que se metieron a la casa a buscar cereales. Se llevaron las cajas, salieron por la misma ventana y dejaron sus huellas al pasar.
Al sur de Mammoth Lakes el camino baja derecho por un valle con la Sierra a un lado y las White Mountains al otro. Benton Hot Springs es un almacén tapiado con un surtidor antiguo todavía afuera. Bishop. Darwin, otro pueblo fantasma con una fachada de madera y nadie detrás.
Y entonces el Valle de la Muerte.
Es el lugar más caluroso jamás medido en la Tierra: el 10 de julio de 1913 un termómetro en Furnace Creek marcó 134 grados Fahrenheit, 56,7 Celsius, y desde entonces ninguna medición en ninguna parte lo ha superado. Badwater Basin, en el fondo, está a ochenta y seis metros bajo el nivel del mar: el suelo más bajo de Norteamérica. Casi no llueve. Y el nombre no es una metáfora: un grupo de emigrantes se perdió cruzándolo en el invierno de 1849 camino a los yacimientos de oro, y el nombre quedó.
Esa noche dormí colado en un camping. Andaba sin un peso para pagar, así que llegué tarde y traté de pasar piola, y ni siquiera armé la carpa: dormí en el saco arriba de una mesa de camping.
Me levanté a las cinco de la mañana para desarmar todo antes de que los dueños notaran que estaba ahí. A esa hora, sin que hubiera salido todavía el primer rayo de sol, ya hacían más de cuarenta grados.
Ese día fue el más solitario del viaje. El camino cruza algo que se parece más a Marte que a la Tierra. A las doce del día el marcador de la moto llegó a ciento veintitrés grados Fahrenheit: cincuenta y uno Celsius. Nunca había sentido un calor así, tan seco.
Y lo peor no era el calor: era saber que si pinchaba una rueda o se me quedaba la moto en pana estaba en problemas graves, porque por ahí no pasaba nadie.
Hay una selfie de ese día con el casco todavía puesto y sangre saliéndome de la nariz. No fue una caída: fue el calor.
Cuatro días después de dejar los pueblos fantasma entré a Las Vegas, que después de todo ese desierto vacío cuesta de verdad procesar.












No hay forma razonable de llegar a eso en tu primera moto.
Al noreste a Utah y arriba por Zion, donde el camino sube entre paredes rojas y atraviesa la roca por un túnel.
Y después vino la noche más rara de todo el viaje. Iba manejando en plena oscuridad, en la mitad de la nada, subiendo y subiendo por un camino que no terminaba nunca, y de repente se me cruzó un puma. Casi lo choco.
Seguí subiendo hasta que encontré un camping y me colé adentro. Armé la carpa a ciegas y me dormí sin tener idea de dónde estaba.
Al día siguiente abrí la carpa y tenía el Gran Cañón entero delante.
La segunda noche fue en otro camping entrando al cañón, llegando casi de noche por un camino de maicillo. Había otro motoquero y prendimos un fuego. A la mañana siguiente me puse a ordenar mis papeles, que estaban casi todos mojados, y el mapa de California.
Cuatro meses antes no me había subido a una moto. Saqué la bandera chilena de la maleta y le pedí a alguien que sacara la foto.



Los burros de Oatman, y los neumáticos gastados.
La vuelta a casa fue por la vieja Route 66, cruzando el desierto de Arizona. Cool Springs es un taller de piedra levantado de nuevo donde se quemó el original, con los surtidores todavía afuera y un letrero de Mobil en la pared.
Y después Oatman, un pueblo minero viejo donde los descendientes de los burros de carga de los mineros caminan por la mitad de la calle y paran el tráfico, porque eso es simplemente lo que pasa ahí.
La vuelta se cerró en Irvine a fines de agosto: cuatro estados, y poco menos de cuatro mil quinientos kilómetros de camino. Los neumáticos salieron no mucho después. Esa es la medida real de un primer viaje: no las fotos, sino lo que gastaste.



El archivo del camino
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