
Historia 19 La Ruta de la Seda
El año anterior me devolvieron. Esta vez entré a las dos y media de la mañana.
Del Bósforo a la frontera con Irak, en pleno julio y agosto. Tres intentos de frontera el mismo día, tres noches acampando en el centro de Estambul, un caravasar de la Ruta de la Seda y un salar que casi me cuesta el perro.Del archivo de camino de Rodrigo



La Ruta de la Seda
El año anterior me devolvieron. Esta vez entré a las dos y media de la mañana.
Del Bósforo a la frontera con Irak, en pleno julio y agosto. Tres intentos de frontera el mismo día, tres noches acampando en el centro de Estambul, un caravasar de la Ruta de la Seda y un salar que casi me cuesta el perro.
- 3Fronteras que costó
- 24 nightsEn Turquía
- 19De esas, acampando en el campo
19.1La ciudad de noche. Años imaginándolo, y después simplemente pasa un martes cualquiera en la tarde.
19.2Adentro de la Mezquita Azul. Llegué al amanecer, antes de la gente, y dejé la cámara abajo un rato a propósito.
19.3La misma mezquita desde afuera, al final del día.
19.4Desayuno con vista a Santa Sofía. La historia completa de cómo llegué a esa mesa la cuento yo.
19.5El Gran Bazar. Cuatro mil locales, y lleva comerciando en el mismo lugar desde el siglo quince.
19.6Canakkale, en la boca de los Dardanelos, con el caballo de madera construido para la película. Troya misma queda a media hora por el camino.
19.7Pérgamo, sobre Bergama. El templo de Trajano, en una acrópolis a trescientos metros sobre el pueblo actual.
19.8Mi veredicto, escrito bajo la foto: este sí es un durum de verdad, hecho en Turquía.
19.9Jacko en el río del cañón, que es adonde se va apenas se apaga el motor.
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19.0Del Bósforo a la frontera con Irak, en pleno julio y agosto. Tres intentos de frontera el mismo día, tres noches acampando en el centro de Estambul, un caravasar de la Ruta de la Seda y un salar que casi me cuesta el perro.
El año anterior me devolvieron.
Yo casi nunca repito lugares para acampar, siempre me gusta moverme. Pero esa noche rompí mi propia regla y volví exactamente al mismo sitio donde había dormido casi un año antes, cuando no me dejaron entrar a Turquía y tuve que venir a pasar las penas a ese rincón perdido donde no hay nada ni nadie. El año pasado fue un no rotundo: chileno, con moto de California, combinación sospechosa al parecer.
Llevaba un año hablando de Turquía, diciendo que quería ir a Turquía. No me la podía saltar. La primera frontera me rechazó. En la segunda ni siquiera me dejaron salir de Bulgaria por la copia del título de la moto. Quedaba una hora de luz y una hora de camino hasta la tercera.
Entré finalmente a las dos y media de la mañana. Tercera frontera del mismo día. El pasaporte estaba timbrado como que me habían cancelado la entrada el año anterior y el funcionario no se dio cuenta. No tenía idea dónde iba a alojar, no tenía internet ni mapas, y me daba exactamente lo mismo. Lo habíamos logrado.
Bienvenido a Turquía. Después de tres fronteras distintas, lo logré.





Lo que quedó del camino
El país es más grande que su frontera.
Me costó tres fronteras en un mismo día entrar a Turquía, después de que el año anterior me devolvieran. Y valió cada intento. Es un país enorme, con la mejor hospitalidad que me tocó en el viaje, gente que me ofreció su casa, su bote y sus contactos sin pedirme nada. Esa noche antes de cruzar a Georgia me quedé mirando el mar con una mezcla rara de gratitud y frustración: gratitud por haber recorrido un país tan potente, frustración por ver cómo lugares casi vírgenes se llenan de plástico. Belleza y basura conviviendo fue mi última postal de Turquía.Llegar al atardecer, y dormir al lado de Santa Sofía.
Me tocó llegar a Estambul con un atardecer de película. Iba tan emocionado mirando el sol sobre el Bósforo que tuve que esquivar más de un camión en plena hora punta, porque la concentración se me perdía entre la vista y todo lo que había tenido que pasar para estar ahí. Eran años imaginándome dejar Europa atrás en la moto rumbo a Asia y a lo desconocido.
Estacioné al lado de una KTM cerca de Santa Sofía y así conocí al turco que estaría presente toda mi estadía. Parecía un peón buscando clientes en la calle, desalineado y con una gran melena negra; resultó ser el chef y dueño del restaurante, y había trabajado años en España. Me ofreció dejar la moto ahí y me llevó a un parque donde podía acampar. Ese hotel terminó siendo mi base en Estambul.
Las noches siguientes dormí en una plaza a unos metros de Santa Sofía. Me pregunto cuándo fue la última vez que alguien durmió en carpa ahí mismo. Y a las ocho en punto subía al piso de arriba del hotel, donde el encargado revisaba la lista de huéspedes para el desayuno. Alcancé a memorizar de reojo un apellido y un número de habitación sin tachar, lo dije con tal convicción que casi no revisó la lista, y comí como rey con vista a Santa Sofía. Al segundo día ya me conocía y me dejaba pasar de inmediato. Nunca se imaginó que era el único que no se quedaba en el hotel.
Lo primero que hice al encender la moto fue cruzar el puente que une Europa y Asia, para poner oficialmente las ruedas en este continente, grabando videos emocionado mientras salían los primeros rayos de sol.
Por primera vez en mi vida, el sol salió en Asia.
Llevaba años imaginando el momento de dejar Europa atrás. El Bósforo es la línea: unos setecientos metros de agua que separan los dos continentes, con quince millones de personas viviendo a ambos lados.




Troya, el Egeo, y una toalla enredada en la cadena.
En Troya me desilusioné completamente: puestos vendiendo merchandising y la entrada a cuarenta euros, casi lo que gasto en un día completo viajando. Años atrás había leído la historia del alemán que se guio por la Ilíada de Homero, siguiendo cada detalle del paisaje hasta dar con la ciudad, y demostró que no era una leyenda. Desde ahí supe que quería conocer estos lugares de la antigüedad. Lo que sentí ahí fue muy diferente.
Lo mejor de Troya pasó en una plaza del pueblo de al lado, mirando la campiña entre esculturas de las cabezas de Aquiles, Homero, Héctor y Paris. Se me acercó un local que no hablaba nada de inglés y que se notaba que recién se había tomado un traguito con sus compadres, y me apuntaba el paisaje diciendo TROYA, con los ojos bien abiertos, como si me estuviera revelando un secreto a voces.
En Fethiye me recibió María, que trabajaba con su familia en turismo. Me dio una bebida picante típica que era como tomar tabasco, y después una gran ensalada. Me invitaron a un día completo en catamarán y me bañé en cada parada. Jacko disfrutó tanto como yo, haciendo reír a todo el bote por las ganas de ir a buscar palos dentro del agua.
Esa misma noche, buscando dónde acampar y muerto de cansancio, sentí un tirón fuerte en la cadena: una toalla se había enganchado y estaba apretándola como una anaconda, arrastrando también el tapabarro. Le pedí un cuchillo al de la bencinera y estuve quince minutos cortándola de a poco. Si hubiera seguido un kilómetro más, la cadena se cortaba sin lugar a dudas.
La toalla estaba enrollada en la cadena como una anaconda apretando con todo.




Un caravasar, un salar, y el perro que saltó a tiempo.
Sultanhani es uno de los caravasares más grandes y mejor conservados del país, en plena Ruta de la Seda. Entré con Jacko caminando al lado y la puerta monumental se cerró detrás de nosotros: afuera más de cuarenta grados, adentro la piedra gruesa guardando el frío como si respirara distinto al desierto. Así sobrevivían acá hace siglos.
En un corredor lateral había un grupo de mujeres tejiendo una alfombra a mano, hilo por hilo, con las manos moviéndose con una precisión que parece heredada y no aprendida. Una le regaló a Jacko un pompón que después llevó al cuello, caminando orgulloso como si fuera parte del equipo. Saqué muchas fotos. Demasiadas. Y empecé a notar miradas distintas: para ellas no es un museo, es su oficio, y yo no tenía efectivo. Error. Uno debería responder de la misma manera.
Después apunté al lago Tuz, que gran parte del año es un salar inmenso, una planicie blanca que se pierde en espejismos. Entrar en moto es adictivo y también traicionero: la sal cambia de textura sin aviso, en un tramo es firme y en otro es jabón. Me interné varios kilómetros hasta quedar rodeado de nada. Jacko buscó la única sombra disponible, la de la moto, y se tendió debajo.
Y entonces la pata lateral empezó a hundirse lentamente en la sal blanda. No me di cuenta a tiempo. La moto se inclinó y cayó. Jacko, que estaba debajo, saltó con la velocidad de un rayo y la esquivó por centímetros. Él quedó intacto moviendo la cola como si nada; yo necesité unos segundos más para volver a respirar normal. En el salar nada es completamente sólido.
De vuelta a la ruta subí el volumen en el casco. Ozzy Osbourne, que había pasado a mejor vida unos días antes. Cantando fuerte mientras el calor golpeaba y el blanco quedaba atrás como un recuerdo de otro planeta.



Por la frontera siria hasta Mesopotamia.
Bajando hacia el sureste el país cambia de idioma, de comida y de temperatura. Se pasa por Gaziantep, por el Éufrates, y se sube al monte Nemrut, donde un rey mandó a construir su propia tumba rodeada de cabezas de piedra gigantes a dos mil metros de altura.
Después vienen Sanliurfa y Mardin, ya mirando la llanura de Mesopotamia, con la frontera siria a un costado del camino. Acá empieza a sentirse que Europa quedó muy atrás.
El monte Nemrut es la tumba de Antíoco I de Comagene, construida en el siglo primero antes de Cristo con estatuas colosales del rey y sus dioses mirando al este y al oeste. Los terremotos botaron las cabezas y nunca las repusieron. Es Patrimonio de la Humanidad desde 1987.




Montaña, ovejas, y la última esquina antes de Irak.
El este es otra cosa: montaña alta, rebaños cruzando la ruta, pueblos donde no pasa ningún turista. Se sube hacia Hakkari y Van, y el camino se vuelve lento y espectacular.
Turquía es una joya: paisajes brutales, hospitalidad increíble, historia impresionante. Lo único que rompe la magia es la basura. Discutí sobre eso con un local, que primero defendió diciendo que los turistas también botan basura, dudó, y terminó admitiendo que sí, que era un problema local.




El archivo del camino
385 imágenes más del camino
Todo lo demás de la carpeta, en el orden en que se tomó.
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