
Historia 05 La Ruta de la Seda
Seis horas de polvo, y después la moto se murió.
Dos mil kilómetros de estepa entre un pueblo y el siguiente, una familia de campeones de judo que me recibió, una ciudad de la Ruta de la Seda a cuya orilla acampé, y después, en un camino vacío en el desierto, la moto simplemente se detuvo. Kazajistán, otoño de 2025.Del archivo de camino de Rodrigo


Toca o pasa el cursor por un punto de la ruta para ver qué hay ahí.

La Ruta de la Seda
Seis horas de polvo, y después la moto se murió.
Dos mil kilómetros de estepa entre un pueblo y el siguiente, una familia de campeones de judo que me recibió, una ciudad de la Ruta de la Seda a cuya orilla acampé, y después, en un camino vacío en el desierto, la moto simplemente se detuvo. Kazajistán, otoño de 2025.
05.1Aktobe, en el oeste. Su mezquita tiene cúpula dorada y cuatro minaretes, y a pocas calles hay una iglesia ortodoxa rusa: dos siglos del mismo cruce de caminos, uno al lado del otro.
05.2Tres niños y una BMW F800 GS cargada. En un país donde los pueblos pueden estar a cientos de kilómetros, una moto extranjera en el surtidor es un acontecimiento, y la invitación que viene después no es una formalidad.
05.3Dos niños y un caballo al atardecer. Kazajistán fue tierra de caballos mucho antes que cualquier otra cosa, y la evidencia más antigua conocida de domesticación del caballo viene de estos llanos.
05.4La bandera: un águila esteparia dorada bajo un sol de treinta y dos rayos, sobre celeste. Flamea desde la independencia de la Unión Soviética en 1991.
05.5Un lobo embalsamado en un restorán de carretera. Todavía hay lobos por la estepa y siguen siendo un problema real para los pastores, por eso uno aparece disecado al lado de las mesas.
05.6El antílope saiga, con su nariz abultada y extraña, filtra el polvo y calienta el aire helado. Casi desapareció tras la caída de la Unión Soviética, y hoy Kazajistán tiene la mayor parte de la población mundial.
05.7Pescando al atardecer. Agua así es una rareza: al oeste, el mar de Aral perdió casi todo su volumen después de que desviaran los ríos que lo alimentaban para regar algodón en los años sesenta.
05.0Dos mil kilómetros de estepa entre un pueblo y el siguiente, una familia de campeones de judo que me recibió, una ciudad de la Ruta de la Seda a cuya orilla acampé, y después, en un camino vacío en el desierto, la moto simplemente se detuvo. Kazajistán, otoño de 2025.
Crucé con cinco rublos en el bolsillo.
Entré a Rusia con ciento cincuenta euros en efectivo, porque ahí las tarjetas no funcionan por el tema de la guerra. Pensé que iba a estar dos días y terminaron siendo cuatro. El día antes de cruzar se me acabó el efectivo. Literal. Me quedaron cinco rublos, unos cincuenta pesos chilenos. Un vuelto absurdo. Acampé al lado de un brazo del Volga con el estanque prácticamente en cero, y en la noche escuchaba barcos pasar en la oscuridad. Grandes, silenciosos. No se veían, pero se sentían. Cuando el bolsillo está vacío, al menos que el paisaje esté lleno.
En la frontera me pidieron posar frente a la cámara para verificar mi identidad y agarré al militar que tenía al lado como si me estuvieran sacando una foto en la playa. No entendieron que era broma y me corrigieron: tenía que salir solo yo. Después crucé, y esa mezcla de alivio y emoción cuando te timbran el pasaporte y sabes que oficialmente estás en otro país. Nuevo mapa, nuevas rutas, otra etapa.
Justo a la salida cambié mis últimos tres mil rublos con un grupo de cambistas que casi se pelearon por atenderme. Me pasaron veinte mil tenge, unos treinta euros. Me sentía rico con ese fajo de billetes nuevos, y me fui a tomar un café mientras la gente se apelotonaba alrededor de la moto para curiosear.
Fue el final perfecto para un día que había empezado a puro golpe y terminó como una prueba de la generosidad humana.





Lo que quedó del camino
El país que rompió la moto es el mismo que la cargó.
Kazajistán me dio el día más duro de todo el viaje y también la mejor hospitalidad. En el mismo tramo se me cayó la moto encima de la pierna en un camino de polvo, perdí la tarjeta con horas de video, y se me murió el motor en la mitad de la nada. Y en ese mismo tramo una familia de judocas me recibió como si fuera un primo lejano, unos desconocidos levantaron la moto conmigo a la cuenta de tres, y un camionero me llevó doscientos cincuenta kilómetros sin querer cobrarme. Siempre aparece alguien. Eso me gusta del camino.Llegué a la orilla del Caspio y era arena blanca.
Encontré en el mapa un punto para acampar al borde del mar Caspio, a ciento ochenta kilómetros. La ruta era un páramo desolador donde no había casi nada: de vez en cuando máquinas antiguas sacando petróleo, ganado suelto, y carteles con letras y colores que me hacían acordar a los Looney Tunes.
Paré en un pueblito de casas muy sencillas que a primera vista parecía fantasma, hasta que vi el único mercado, que no era más que una casa. Entré a tomar un café y comer galletas mientras entraban y salían kazajos delgados de facciones asiáticas, casi todos a comprar vodka y cerveza. Al salir me topé con un atardecer precioso y tres niños curiosos revisando la moto. Me hacían muchas preguntas al mismo tiempo en un idioma que no entendía, así que los invité a subirse, y les brillaba la cara arriba de esa máquina de otro mundo.
El camino se fue haciendo cada vez más arenoso hasta que llegué al mar y no había mar. Solo arena blanca por donde se lo mirara, con botes antiguos varados donde alguna vez hubo agua. El mapa decía que yo estaba justo encima del agua. Kilómetros y kilómetros de blanco, el sol cayendo detrás, y no quise avanzar más por miedo a hundirme en la arena y quedarme varado sin nadie cerca. Paré el motor ahí mismo y armé la carpa, con un atardecer de nubes de todos colores que parecía sacado del comienzo de Star Wars.
Aktobe significa cerro blanco. Se fundó en 1869 como fuerte militar ruso en la estepa y creció como centro industrial bajo la Unión Soviética. Está en el cruce entre Rusia, el Caspio y Asia Central, por eso todo viajero por tierra termina pasando por ahí.




Es como nadar en polvo.
Un motoquero chino me paró en la carretera para avisarme que la frontera con Uzbekistán por Beineu llevaba cerrada desde mayo. Primero dijeron que abría en agosto, después el primero de septiembre, y nada. Así que me tocaba cruzar por la otra, al otro lado del país: mil kilómetros extra. Ya está, no quedaba otra.
Me metí por lo que en teoría era un atajo y resultó ser un camino en construcción. Polvo profundo, una huella marcada que te mueve la moto para todos lados. Es como nadar en polvo, arena fina mezclada con algo tipo cal. Lo que más me preocupaba no era caerme yo, era que se me cayera la moto encima del Jacko. Al fondo se veía algo blanco, como una cordillera, que después entendí que era una cantera de cal: los camiones van cargados y lo van perdiendo en el camino.
Jacko me miraba con esa cara que pone cuando está confundido, como diciendo, estás seguro que es por acá. Y sí, compadre, estamos improvisando.
Y entonces me enterré. Me metí en una huella más profunda de lo que parecía, la moto empezó a bailar, la rueda trasera patinó de lado y se fue. Se me cayó encima de la pierna. Sentí el golpe arriba del tobillo, el teléfono salió volando, el polvo se levantó como humo. Si anduviera sin bota, otra historia. La pierna estaba atrapada, pero no aplastada. Me dolía, pero no era fractura. Respiré. No entrar en pánico.
Me logré liberar solo, y justo venía un auto a lo lejos. Yo sé que puedo solo, siempre puedo solo, pero tampoco soy tonto: si me pueden ayudar, mejor. Bajaron, no hablábamos el mismo idioma, y entre todos la levantamos a la cuenta de tres. Siempre aparece alguien. Eso me gusta del camino.
Paré a comer con el queso que me habían regalado unos campesinos en Daguestán, que llevaba una semana dando vueltas en la moto. No tenía mucha fe, pero estaba perfecto. Pan y queso en la mitad de la nada, después de tres horas seguidas en un camino de porquería.




Un astronauta cubierto de tierra, con un perro atrás.
Seis horas de polvo, arena, caídas y viento, y entonces el pueblo apareció calladito en la estepa justo antes del camino principal. Ya no había luz. Grupos de estudiantes iban caminando a sus casas cuando esta aparición pasó lento por el medio de ellos.
El único edificio con luz era un mercado. Entré arrastrando una nube de polvo y sentí decenas de ojos posarse sobre mí. Un hombre se acercó, me saludó con cariño, me preguntó de dónde era, y los estudiantes empezaron a juntarse para sacarse fotos como si el viajero y el perro hubieran llegado de otro mundo.
El hombre hizo una llamada y me pasó el teléfono. Era la profesora de inglés del pueblo. Me preguntó qué necesitaba y dónde pensaba dormir, me dijo que esperara, y bajó a traducir en persona. Había una casa de té que podía usar, me dijo, pero no era cómoda. Una familia del pueblo, los dueños del mercado, se había ofrecido a recibirme.
Qué buena onda esta gente. Siete hermanos, todos judocas, siguiendo el legado del papá, que había trabajado en exportación de petróleo y ya estaba jubilado. Una pieza entera de la casa estaba dedicada a fotos enmarcadas, medallas y trofeos. Me pusieron un colchón y una frazada, y después calentaron un baño con sauna que, tras días a la intemperie, era un lujo inimaginable. Curioso: toda la familia duerme en el suelo, sobre colchonetas pequeñas. Dormí mejor acampando que dentro de la casa.
Ahí me di cuenta de la catástrofe. Perdí una tarjeta de memoria, y no cualquiera: la de la cámara donde voy contando el viaje. Horas y horas de material, historias que no se repiten. Busqué en mochilas, bolsillos, cajas, estuches. Nada. De lo más valioso que tengo en este viaje son esos registros. Es tiempo, es memoria.
Uno se para en un estacionamiento en medio de la nada mirando un cohete, y el cielo de arriba es el mismo por el que pasó todo.




Un camino que se queda sin cosas que apuntar.
Kazajistán es el noveno país más grande del mundo y se siente. Entre un pueblo y el siguiente hay cientos de kilómetros de nada: estepa, sequedad, camellos, ganado suelto, y el horizonte siempre igual de lejos.
El frío empezó a aparecer de golpe. Nueve grados marcaba el tablero al salir, y de noche podía bajar a menos tres. Equipado hasta arriba, cuello, buff, guantes, todo cerrado. Asia Central empezaba a mostrar los dientes. Iba escuchando el final de un audiolibro en esos tramos largos donde el paisaje se vuelve infinito y la mente empieza a divagar.




Que no haya dónde alojar significa que se puede alojar en cualquier parte.
Este fue mi camping número cuarenta y tres. Cuarenta y tres. Ya se empiezan a sentir las semanas encima y las energías no son las mismas del día uno.
Cuando había hostal, costaba ocho lucas, prácticamente regalado. Dejaba la moto afuera sin drama y me sentía seguro toda la noche. Es impresionante cómo en lugares donde uno no conoce a nadie termina descansando mejor que en ciudades seguras de Europa.


La moto no se quedaba andando.
Venía con la moto arrancando con un humo medio azulado y sonando mal. Sabía que tenía que ver con el aceite, pero había perdido la oportunidad de llevarla a un mecánico decente y no iba a encontrar nada más en el camino. Sentía que se estaba desarmando de a poco. Yo solo le decía dale un poco más, un día más.
Me llamó la atención esa ciudad moderna en medio de la estepa, calles recién pavimentadas, parques, muy pocos autos. Cada vez que bajaba las revoluciones la moto se apagaba y tenía que prenderla en el acto. Me encontré de frente con un peatón cruzando justo delante de un auto de policía estacionado, y se me volvió a apagar. Sabía que si me detenía ahí no iba a poder encenderla y quedaba la moto muerta en medio de la calle al lado de la policía. Decidí arriesgarme y pasar casi rozando al peatón, con el asombro del peatón y del policía.
Perdió fuerza, y el tablero se apagó por completo. La moto estaba muerta.


Acampar afuera de una ciudad que lleva dos mil años ahí.
Acampé en las inmediaciones de una ciudad arqueológica, un asentamiento de más de dos mil años que fue parte de la vieja Ruta de la Seda: murallas antiguas, casas de adobe, historia enterrada bajo el polvo del desierto. En la noche intenté entrar, rodeé el perímetro con la linterna en la mano buscando algún acceso, y nada. Reja cerrada, portón con candado. Llegamos demasiado tarde.
Jacko tenía cara de cansado, y con razón: se le acabó la comida y no es tan fácil encontrar alimento de perro por estos lados. No estamos en Europa. Acá hay que buscar, preguntar, improvisar.
Esos campos de algodón son la razón por la que el mar de Aral ya no está. Los ríos que lo alimentaban se desviaron para regarlos en la época soviética, y lo que había sido uno de los lagos más grandes del planeta se vació. En Aralsk los barcos pesqueros hoy están sobre tierra seca.



Y entonces la moto se murió en la mitad del camino.
Revisando la moto me di cuenta de algo que no me gustó nada: la cadena ya no daba más. La había apretado dos veces en tres días y seguía sonando, ese ruido metálico que uno reconoce de inmediato. No era solo la cadena, era el rodamiento trasero. Me pasó hace diez años en Nicaragua, y ahora de nuevo.
Y finalmente se murió, en la mitad de la carretera. No sé qué le pasó, si fue la batería, pero murió. Nunca me había pasado. Sin bajarme de la moto levanté el brazo mirando el teléfono, y al poco rato paró un camión con rampla al costado del camino. Un buen samaritano. Cargamos la moto y me llevó doscientos cincuenta kilómetros, y no quiso recibir la plata.
Nunca dudé de que la ayuda iba a llegar. Ese grado de confianza toma años, y mientras esperaba me permití el lujo de gozar el placer de saberlo.
En total: unos 240 euros, incluidas las dos grúas, y mi moto sigue sin andar.
El archivo del camino
139 imágenes más del camino
Todo lo demás de la carpeta, en el orden en que se tomó.
09
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147























